La aventura del donante.
Cuando me clavó la aguja en el antebrazo derecho con la precisión de una vampiresa profesional, acreditada por la escuela de enfermeras del hospital Gragorio Marañón, sentí una fugaz quemazón que dejó de molestar cuando terminó con el protocolo de sujecciones de cánulas con esparadrapo y puesta a punto de depósitos y demás artilugios para la extracción. Luego, su sonrisa precedió al interés más profesional de saber cómo me encontraba en esos iniciales momentos en los que tu propia sangre fluye al ritmo cardiovascular ayudado, al parecer, por el mecánico gesto de abrir y cerrar la mano que la gentil enfermera te sugiere como parte del procedimiento.
Ensimismado en tus pensamientos o tal vez distraido por el trajín sanitario que se desarrolla en el autobús preparado para extracciones volantes, participas ad honorem de la impagable satisfacción de sentirte anónimamente útil en una aventura personal Ahí comienza la aventura del donante.
Se dice que es un donante quien traspasa de manera gratuíta -graciosamente decían antes- a otra, algo o el derecho que sobre ello tiene. También es donante por definición académica, quien cede voluntariamente su sangre, algún órgano, etc., con destino a personas que lo necesitan. En cualquier caso y desde la mera intuición de su significado lexico coincidente con los anteriores, donar, desde joven, ha tenido para mi el significado connotativo de generosidad.
Siempre he pensado que donar es hermoso y satisfactorio en sí mismo, por eso nunca he comprendido al usurero, al acaparador, al que acumula compulsivamente para taner más y más. Y no hablo concretamente de dinero.
Cuando uno es joven, suele ser más generoso que tacaño, más desprendido, menos aferrado, pero también más desprovisto, menos dotado de bienes o de gracias, por eso, cuando me planteaba que podría dar de manera gratuíta, algo que fuera mío y sólo mío, que no fuera difícil de reponer y que no causara lesiones o trastornos irreparables, tanto anímicos como materiales, siempre se me ocurrían dos cosas: mi sangre y mi semen.
Como es conocido, la estructura de canalización de la primera opción, la donación de sangre, ha estado desde hace mucho tiempo bastante organizada, con la más absoluta garantía sanitaria y sin ninguna duda sobre su naturaleza altruista. Sin embargo, en cuanto a la donación de semen, podríamos construir una variopinta casuistica, por no entrar en el terreno fácil de la chanza sexual y otras picardías o carambolas genético-sociales, como el posible acceso a parte de la fortuna del malogrado Micheal Jackson por parte de la madre biológica de sus hijos y ¿porqué no? del donante o comerciante del semen que colaboró a engendrarlos.
En fin, cuando uno empieza a ser maduro, te percatas de que posees otras cosas, en el plano de los afectos que también te pertenecen, casi tanto como tus fluídos vitales. Y digo casi tanto, porque dichos fluyos son suyos y sólo suyos y por ello, transferibles o no; mientras que los sentimientos, suelen ser interactivos, es decir, cosa de dos. Además, el trasvase de afectos o sentimientos, sensu stricto no parece cosa de donación.
Todo esto para mostrar mi satisfacción porque la semana pasada volví a reincidir en mi actividad de donante (de sangre).



flor_deloto dijo
Nunca he donado, sangre. Lo he pensado muchas veces cada vez que veo los trailers en la calle, pero, no me decido por estupideces del momento. Creo que hay que "planearlo" y hacerlo.
Besos, gondolieri, I have missed you, a lot.
Otro beso, de salida.
26 Agosto 2009 | 07:02 AM