Hay más tiempo que vida (y5)
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¿Cual es el imán de este viejo mulato? ¿Acaso su sabiduría natural? ¿Acaso su fortaleza de espíritu, o su serena madurez? –se preguntaba Armando--.
Algo había de cautivador en aquel cubano anciano. Tal vez irradiara cierto magnetismo positivo cargado en el cruce dos culturas, la sabiduría de la vieja y la lozanía de la emancipada. Lo cierto era que Lisandro se había hecho a sí mismo con los referentes a su alcance. Aprendió las letras, y las cuentas, por decisión de su madre. Su primera escuela fue un cuarto con olor a almidón y a lavanda, de la mano del contable del general Gerardo Machado, mientras su madre planchaba primorosamente la ropa blanca y el instructor daba cuenta de un tamal de pollo frito con miel. El trueque de la planchadora con el chupatintas le permitió estar alfabetizado a los seis años, cosa que para los tiempos que corrían era una notable aportación a la exánime cifra de niños nativos instruidos. Después, la aventura del conocimiento a través de los libros de la biblioteca del palacio, libros que podía leer, al prestado, gracias al buen entendimiento entre el ama de llaves y la esposa del respetado y temido héroe de la independencia que posteriormente fuera Presidente de
Los olores ocupan un papel fundamental en la fijación de los recuerdos. Armando descubrió, asoció y troqueló en su mente el olor mixturado de aromas percibidos en un día soleado estando recostado en el regazo de la bonita mulata. Compartían un asiento doble de un autobús de línea, volviendo de la playa de Varadero. En este segundo viaje a
La había tomado en sus brazos para izarla al barco, cuando ella abrió los ojos, y enseñando sus dientes nacarados dibujó una abierta sonrisa que derivó en un —Hola, ¿quién tú eres?— que le dejó embobado. Demasiado bien sabía ella quien era el buceador español que había vuelto por segunda vez en un año —la otra en mayo— al hotel Sol y Mar. Y, además, no había permitido que su amiga Tatiana le tomara la delantera.
— Tengo agua mineral en la cantimplora, te vendría bien un trago —dijo Armando—. Te ayudará a pasar el susto.
— Gracias...--contestó ella dejando patente la necesidad de conocer a su identidad--.
— Armando . Me llamo Armando Seseña. Me lancé a por ti al ver que te estabas hundiendo inerte ¿qué te pasó?
— No sé, estaba nadando, llevaba largo tiempo, no sé... De repente me quedé sin fuerzas...
— ¡Gracias a Dios, pasábamos por aquí disfrutando del arrecife! ¿Sabes? No es la primera vez que rescato a alguien.
— ¡Ah, tú eres socorrista!
— No, soy monitor de actividades subacuáticas y escafandrismo; a tu disposición para lo que quieras.
— Gracias "mi amol", te debo la vida ¿Qué tú quieres que yo haga?
— ¿Te parece poco vivir? −contestó Armando−. Después, las carcajadas, los comentarios pueriles, las aproximaciones mutuas... Puro embeleso. Armando respirando aromas almizclados, excitantes, sintiendo turgencias contra su piel, excitado. Dulce María, atónita con las nuevas palabras de nuevo acento que endulzaban su mente a la vez que su vulva latía humedecida al sentir la caricia de una suave presión de su miembro. El cazador había sido cazado. A partir de ese momento, Armando comenzó a vivir una fascinante aventura amorosa. La rueda del amor echó a girar de inmediato con ellos enganchados en sus radios. Y en el idílico marco de la mítica isla, tumbados en la cálida arena de la playa, Dulce María y Armando se fundieron en una interminable sinfonía sensual.
Cuando se despertó estaba bañado en sudor. ¡Vaya! ¿Qué hora es? —se preguntó Armando rebuscando su reloj en la maraña de objetos dejados sobre la mesilla de noche— ¿Dónde coño?...
Al fin, vio asomar el borde de la correa bajo las páginas abiertas de una Guía del Ocio. Eran las cinco de la mañana. El jet-lag del viaje de vuelta a Madrid le afectó de nuevo. La oscuridad y el desvelo le comenzaron a impacientar. Estaba todavía agitado por un sueño inquietante que no podía recordar. O quizá, y sin quizá, se trataba de que estaba atisbando la solución. ¡Eso es! –se dice– tengo que llamar a Conchita para que me localice a Loreto, ella tiene la misma talla y complexión que Dulce y como no hace mucho que se ha casado, seguro que sabe. Lo que tenía muy claro Armando es que la próxima vez que volviera a
Cuando levantó el día lo suficiente llamó a su hermana y le pidió el teléfono de su ex novia Loreto. A medio día la localizó.
— Me caso Loreto. --le dijo Armando de sopetón--.
— Hola medio loco ¿Estás seguro?
— Debo casarme.
— ¿Algún penalty?
— Nada que ver. Es que he conocido a un hombre al que no puedo defraudar.
-- ¡Armaaannndoo! No me tomes el pelo ¿Tú por la otra aceraaaa? ¡Bueenoo!
-- ¡Pero, ...qué coño dices! Anda, nos vemos en California esta tarde, a las ocho, y te explico. Abur, guapaaaaa...
— Vale, tarado --cerró su móvil Loreto enarcando las cejas en un intento de adivinar en que extraña historia se había metido su amigo--.
Dos días después, un sábado por la mañana, pasó a recogerla a la puerta de su casa y se fueron directamente a la conocida sastrería Cornejo. Loreto estaba encantada de ayudar a su ex, y fascinada por su osadía y decisión. Le costaba creer que tras trece años de
noviazgo, aunque hubieran empezado casi de niños, Armando nunca hubiera visto la ocasión propicia para pedirle matrimonio y —¡fíjate tú!— diez años después, fuera capaz de tan adorable locura. Adorable, eso sí, porque Armando era tan adorable como impredecible y voluble. Pasaron la mañana en el local y Loreto se probó no menos de treinta vestidos. De raso, de seda, de organza, con tul, sin escote, de manga larga, de cuello cerrado, con bordados, sin pedrería y con ella... No pararon hasta que Armando encontró lo que buscaba. Algo digno para la ocasión, pero asimilable para la estética popular afrocubana; espectacular y formal, o sea, kitsch.
Una demanda demasiado difícil, incluso para Cornejo. Tuvieron que recurrir a la sección de disfraces. Los trajes de novia resultaban muy de boda española. Finalmente se decidieron por un vestido de época que podría corresponder a una dama de compañía de una cortesana madrileña de principios del XIX. En seda salvaje, de un tenue color rosa y con corpiño entallado para subrayar las exuberancias delanteras que, incluso a Loreto, menos dotada, le hacían parecer un pibón. Sin embargo, un toque de ingenuidad aportado por la cenefa que coronaba el escote, a base de una hilera de rosas de pitiminí primorosamente bordadas, equilibraba un atuendo demasiado provocativo para una ceremonia nupcial. Alquiló el traje por dos semanas, esperando devolverlo a su regreso de Cuba, tras la boda.
Conseguido el traje de novia --o, más bien, su conveniente remedo--, Armando dispuso sus baterías a la conquista de un nuevo objetivo, encontrar un regalo adecuado para la hermana menor de Alma María, Lissete. Por su candorosa pubertad le recordaba a su propia hermana y todos aquellos secretos, anhelos y frustraciones que compartieron esporádicamente en la intimidad del cuarto de estar, a hurtadillas de los padres. “¡Ya está!” —pensó complacido, recordando uno de los regalos que en esa época más ilusión hicieron a Conchita— ¡Un gran peluche! ¡Eso es!... Y se lanzó de nuevo a la calle, sin rumbo determinado, a la búsqueda de un muñeco digno de la hermanita de su novia.
La locura del regreso de Armando a Cuba vio su máxima expresión en la llegada al aeropuerto internacional José Martí de
Al día siguiente, Armando acudió al Consulado de España a recoger los papeles que le permitirían el matrimonio con Dulce María, y con ellos, el salvoconducto para que la joven cubana se liberase del encerramiento en su país pudiendo disfrutar de la residencia en España, como consorte de Armando. Pero los papeles no estaban. Armando había estado casado anteriormente en España y no había resuelto nunca las cuestiones documentales, pendientes cinco años después de trámites jurídicos.
Tres días más tarde, se celebró en la catedral, en “Habana Vieja”, una boda por todo lo alto. Por parte del novio sólo asistió el propio novio
Tras la ceremonia religiosa, los novios sentados en un Cadillac descapotable modelo del 53, pintado de color azul celeste, con los asientos en cuero color vino tinto y unos cromados que relucían como espejos, desfilaron por las calles de La Habana hacia el salón del ágape. Sentado por empeño de Armando entre los novios, en el centro del asiento trasero, don Lisandro sonreía y saludaba al vecindario que aplaudía y vitoreaba al paso del cortejo nupcial que desfilaba en automóviles como si de una parada conmemorativa se tratara. Comieron y bebieron hasta la madrugada. Fue una boda sonada en La Habana. También, el día más feliz de don Lisandro que asistía satisfecho a la boda de su nieta preferida con un español de pro. Lloró de emoción varias veces, preso de felicidad.
Al día siguiente, lo encontraron muerto, tumbado atravesado en su cama, todavía vestido con el traje de padrino de boda.
FIN
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Maribel dijo
Cavilante...plaf plaf plaf plaf ‼ y más aplausos ‼ una delicia de historia.
Jolin hasta me emocioné ‼ Tu sei un capo di la pluma ,uomo...una pequeña gran obra sin desperdicios.
Mi admiración y felicitaciones‼
Un beso señor de las letras‼
7 Enero 2008 | 01:23 AM