Hay más tiempo que vida (4)
...//...
Impaciente por conocer al acompañante, don Lisandro, con el ademán y el gesto impasibles, permaneció agarrado a los reposabrazos de
la mecedora, y abriendo súbitamente los ojos inició un recorrido escrutador
sobre la figura de Armando, de arriba abajo. Este, al notar la presión de esa
mirada, dio un pequeño respingo hacia atrás que le hizo perder ligeramente pie. En décimas de segundo, reaccionó sobreponiéndose al desconcierto.
— Hola don Lisandro, soy Armando Seseña. Encantado de conocerle. Dulce María me ha hablado mucho de usted.
—¿Tú tienes buenas intenciones muchacho? --le dijo el viejo.
—Sí –contestó Armando, tan sorprendido por la pregunta que le había espetado el viejo como por su propia respuesta.
Por un instante, esa fascinante mirada le había desconcertado y a punto estuvo de hacer el ridículo contestando con alguna simpleza, con alguna gracia verbal de la retahíla frívola y superficial de su jerga como: ¡Mazo guays tron! o ¡Dabuten mulaten! en la que solía desenvolverse con sus colegas madrileños.
Pero dijo sí, le salió un contundente sí porque quería aceptar el reto y estar a la altura de las circunstancias, dejando de vivir del cuento con el que tanto tiempo había toreado a su familia, sobre todo a su madre. El carisma del viejo le había seducido generando en Armando un inexplicable sentido de lealtad hacia él. Luego, se sentaron a los pies de don Lisandro e iniciaron una conversación a tres bandas, en la que Dulce reclamaba a su abuelo que les relatara o describiera situaciones y circunstancias de su historia personal, de sobra conocidas por ella de tantas veces que las había escuchado. Quería que el abuelo exhibiera sus dotes. Amor venerador de nieta. Armando asentía o se limitaba a repreguntar sobre matices o detalles. A veces, el abuelo pedía confirmación a Armando sobre costumbres españolas que creía conocer, o sobre curiosidades que siempre había tenido sobre la madre patria. Al cabo del rato, Dulce se levantaba y entraba en la casa para traerles un vaso de limonada. Durante aquellas tardes hasta la caída del sol, se ponía de manifiesto la sabiduría del viejo y el cariño por su nieta mayor, aunque en el fondo de su alma, Lisandro temía que el muchacho fuera un desaprensivo turista sexual.
—Dígame don Lisandro ¿Cuánto tiempo estuvo en prisión? ¿Qué huella le dejó? –preguntaba Armando escudriñando su personalidad–.
—Mirá m’hijito, en los siete años que estuve encerrado por la dictadura títere,
aprendí a valorar dos cosas: el tiempo y la libertad. Tal vez no signifiquen tanto para ti, pero a mí me han marcado la vida. Respecto al tiempo, descubrí
su trascendencia por encima de todo: las cosas que hoy son, mañana pierden vigor; las que parecían imposibles, acaban siendo reales. Aquel encierro... Me parecía que consumía mi vida entera; y ahora... Mirá, lo siento más corto que esto –dijo chascando el pulgar con el índice–, ni entre un tic y un tac de ese reloj de pared. De una cosa estoy seguro: es imposible agotar al tiempo, porque nosotros nos extinguimos antes que él ¡Hay más tiempo que vida!
—Don Lisandro –se anticipa Armando a la anunciada reflexión– ¿no pensará ponderarme la libertad en este país?
—Galleguito, galleguito... ¡Claro que puedo hacerlo! ¿O me puede aleccionar de libertad un joven nacido en plena dictadura fascista? A veces los empachos de democracia producen indigestión ¿Tú sabes por qué el mejor regalo que te puede hacer la vida es
— Entonces abuelito –dijo Dulce María– ¿sufriste mucho al estar encerrado?
— Yo nunca perdí mi libertad –contestó don Lisandro agitando el dedo índice de su mano derecha en gesto de negación y continuó diciendo--. Miren jovencitos, tenía cuatro compañeros de celda a los que había dado la consigna siguiente: “Compañero, si alguna vez tú me encuentras dormido durante el día, no me despiertes, no vaya a ser que esté soñando que soy libre y la freguemos”.
Armando, fascinado por los comentarios del viejo y seducido por su gramática parda, no remitía en interés por conocer cada rincón de su imaginario. Por fin la pregunta clave.
— ¿Qué espera de la vida, don Lisandro?
— Tiempo m’hijo, tiempo. Le pido tiempo a la vida para llegar a ver a mi Dulce María casada con un buen hombre. Simplemente, vivir para ver ese momento. Verla bien casada.
(Continuará)







Maribel dijo
Jolin ‼ cuando será la 5ª entrega ? cuando me entusiasmo leyendo, y me encuentro con el "continuará" ayyyyyy me salen los colmillos ‼
Excelente esa conversación a tres bandas...muy rica en la descripción, en la vivencia, en los detalles de cada circunstancia....me gusta Cavilante, eres bueno, y lo sabes... jejeje
Un beso sin reloj
4 Enero 2008 | 02:50 AM