Ese penetrante olor a pólvora.
Por la tarde, mientras las mujeres se afanan en las cocinas preparando todas las viandas que van a componer el esmerado menú de la cena de Navidad, lo hombres, padres, hijos, y todos los familiares varones de la casa, se van al centro de la ciudad a comprar petardos de pólvora. Es la costumbre.
El tiempo se pasa entre puesto y puesto, aguantando con la ilusión de los adultos la excitación que la gente joven despliega seleccionando entre el surtido de artificios pirotécnicos. Se buscan las mejores tracas, morteros, palmeras, silbantes, granadas, ametralladores, bombas de colores diversos, en un sinfín de variedades que se van acumulando en bolsas para la ceremonia de la pólvora.
La cena de Navidad es, como todas las cenas de Navidad del mundo cristiano, un agasajo, una celebración, un derroche de viandas y de alegría en la mesa. Y para los muchachos jóvenes --en las chicas no estaría bien vista esa tendencia, por masculina-- la cena es una ceremonia familiar cuyo valor principal consiste en ser el trámite previo al "despelote", como dicen allá.
Terminada la cena de Navidad, los "varonsitos", salen a la calle, y van colocando sus arsenales de pólvora en las aceras o en la calle, en las terrazas, en los zaguanes, en los jardines, preparándose para la hora de encenderlos; las 12 de la noche. Cada uno, a sus 12 horas, según su reloj. Y a las 12 de cada reloj, se enciende la primera mecha de la decena o más que cada quien tiene preparada para festejar la Nochebuena.
Lo que sucede es espectacular. la primera vez que lo sentí, no podía dar crédito de lo que estaba sucediendo. Acabábamos de cenar un grupo de españoles reunidos en mi casa al calor de la amistad navideña y al calor que la situación de emigrante temporal pone en cada compatriota expatriado. Un par de minutos antes de las doce de la noche (por mi reloj, por el de otros ya eran las doce) se empezaron a escuchar detonaciones, como disparos sueltos, cada vez mas numerosos y cada véz más intensos. Al cabo de un minuto el estruendo era ensordecedor, como si la tierra se abriera y el volcán que dominaba la ciudad hubiera sacado de sus entrañas el rugido geológico más intenso que los hombres hubieran podido imaginar. Nos asomamos nerviosos y expectantes a la calle. La ciudad era un puro fulgor, acompasado de una "atronadera" tal como si una tormenta furiosa estuviera descargando decenas de truenos simultáneos.
Una nube de humo gris blanquecino y numerosos destellos iluminados con colores varios coronaban la ciudad. Después, ese penetrante olor a pólvora quemada.







flor_deloto dijo
Que viva el despelote! ;)
Cómo me hace falta el depelote! los volcanes de pólvora, los voladores de cinco tacos, los rompeportones y las 'chispitas señoriteras' !
En tu reloj ya son las 12! Ya siento ese olor inconfundible ... Feliz Navidad!
25 Diciembre 2007 | 12:07 AM