Hay más tiempo que vida (3)
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Impaciente por llegar a casa, después de pasar el control de pasaportes y la aduana, Armando, tras despedirse de su reciente amiga Patricia y anotar deprisa su teléfono, toma el bus a Colón. Desde ahí coge el metro a Tetuán donde sufre un ligero ataque de ansiedad. Viene de Cuba con una obsesión. Una obsesión fruto de una promesa, la primera promesa que no iba a defraudar en su vida. Su cabeza está rumiando la forma de conseguir un vestido de novia para Dulce María. Durante el trayecto piensa en lugares donde buscar vestidos de ocasión, porque no cree que pueda asumir con sus limitados recursos una boda en
Para este experto buceador deportivo, por cuyas venas ha pasado tanto oxígeno como alcohol por su hígado, bateado por más de dos océanos, tres mares, cuatro lagos y siete pantanos navegables, donde ha practicado un submarinismo anodino, ha llegado la hora de hacer algo memorable. Precedido de un pasado sin argumento y ajeno a él mismo, con el que decidió romper tras una sucesión de decisiones personales que le habían labrado su propio mundo, el creado y creído por él, Armando se encuentra en el periodo vital de la cuarentena comenzando a perfilar su propio imaginario en el que Don Lisandro irrumpe como una bola de fuego. Arrasando sus afectos, haciéndole revisar su actitud ante muchas cosas.
Al acabar su bachiller, coincidiendo con el célebre “mayo francés”, su padre —un desdibujado coronel de aviación de la más pura escuela franquista— irrumpió en su habitación y, tras arrancar tranquila pero decididamente el póster del Che Guevara, le regaló una pluma Parker de plata comentando: “Armando no te permito que cuelgues estos ídolos en mi casa. Los comunistas de los cojones que se queden en su isla. Cuba es la cuna y la cama del comunismo hispanoparlante, pero acabará siendo también su tumba. Toma, una buena pluma es la mejor herramienta de un probo funcionario que es lo que tú vas a ser. El Próximo mes hay unas oposiciones para entrar en
Dulce María, tirando sutilmente del brazo de Armando que le seguía remolón, subió los tres escalones de madera que accedían al porche. El viejo, apercibido por un sexto sentido que le anunciaba la aproximación de su nieta preferida, dejó de mover los dedos y, aún con los ojos cerrados, esbozó una franca sonrisa. Antes de que ella pronunciara alguna palabra, dijo:
— ¿De dónde tú sales mi dulce princesa Dulce María?.
— Acabamos de llegar de Habana Vieja.
A pesar de mantener los ojos cerrados, el viejo había olfateado el olor de un agua de colonia masculina, ajena a sus registros familiares, que le puso en guardia. Armando no supo interpretar en la pregunta connotaciones de reproche. Estaba impresionado por la presencia majestuosa del viejo mulato, sentado serenamente en su mecedora, con su cabeza ovoide coronada por sus canas rapadas formando un casquete de escarcha blanca. El viejo irradiaba energía pacífica, venerable autoridad.
(Continuará)



flor_deloto dijo
Ay! my favorite cavilante .... ese "de dónde tú sales" solo me dice que tú has estado en la "Bodeguita del medio".
;)
Beso, caballero.
7 Diciembre 2007 | 01:30 AM