Hay más tiempo que vida (2)
Aunque distraído por estos pensamientos, Armando no puede sustraerse al proceso que se desarrolla en la cabina de pasajeros de su vuelo trasatlántico. Él es un atajo de nervios de por si, y el vuelo le hace estar más alerta. Su desazón, ese talante vigilante convertido en radar personal, le advierte del creciente murmujeo al inicio de tan peculiar alborada entre los asientos. Se va rompiendo la calma y la quietud inducidas unas horas antes. Las azafatas se movilizan por los pasillos y la penumbra cesante, invadida por las luces que se van encendiendo en distintas butacas, anuncia el fin de una corta noche artificial ligeramente perturbada por tenues signos de vitalidad. Durante horas, más de una centena de viajeros han cohabitado en un agobiante y mínimo espacio implicados en una sedentaria pero estresante actividad, volar a diez mil metros recostados en los asientos de un avión comercial.
Armando es curioso y le gusta analizar el comportamiento humano. Observa cómo este colectivo ocasional se convierte, entre los aeropuertos de salida y de llegada, en una recua impotente, sometida a una extraña liturgia oficiada por la tripulación de Iberia. Alineados en una milimétrica formación como para un desfile militar, constituyen una inerme cohorte de minusválidos sedentes. Analiza con displicencia, como si no le concerniera para nada, a los pasajeros encerrados entre la oscuridad y el silencio. Ve cómo administran a duras penas su espacio vital y concluye que todos acabarán obligados a refugiarse, poco menos que irremisiblemente, en sus laberintos mentales.
Por fin, el titileo de la tibia luz de neon que emerge envolviendo el techo de la cabina de pasajeros arropa las palabras de la —ya no tan joven— sobrecargo: “Buenos días señores pasajeros, deseamos que esta noche hayan descansado lo suficiente; a continuación les ofreceremos el desayuno...”. En el momento de elección de la bebida, Armando recupera la noción de la presencia, justo al lado, de una joven que no puede disimular su pereza mientras hace un esfuerzo por sonreír a la azafata al pedirle un vaso de agua. Intercambian bromas acerca de las rutinas de los aviones, de la estrechez de los asientos y del miedo a volar; detalles insignificantes una vez en tierra pero que, durante la travesía, son obsesivamente presentes. Muchas veces esas paranoias son el nexo con el desconocido que viaja a tu lado. Son la incidencia que une, de donde surgen buenas amistades, a veces.
Ha aguantado toda la noche ensimismado, sin dormir. Desde la amanecida artificial iluminada por las azafatas y tras la obligada visita al lavabo, Armando se centra en un reconfortante desayuno y se enfrasca en una precipitada y unilateral conversación con Patricia, la chica del asiento contiguo. No para de hablar, de explicarle todo el proceso de su viaje al Caribe, sus ganas de aventura, sus recuerdos del viaje anterior, su deseo de encontrar trabajo en algún puerto deportivo cubano. Le dice, orgulloso, que es submarinista, especialista en inmersiones profundas; le cuenta pormenores de las técnicas de inmersión.
Finalmente, no puede evitar evocar a Dulce María. Recuerda su primer encuentro tan nítidamente como aquél en que conoció a su abuelo, don Lisandro. Habla con Patricia, convertida en confidente accidental, como si se tratara de una hermana. Le describe esa inquietante impresión de flojera que sintió al ver a Dulce María por primera vez. Tan tersa, tan fresca, tan viva, tan floreciente… También le describe el encuentro con el abuelo y el impacto que le produjo su pose carismática llena de autenticidad y bondad, y su mirada —aunque acuosa por la edad— tan inquisitiva, y su verbo tan esencial y tan sabio, tan efectivo y apropiado, capaz de conquistar a un tipo como él, alocado, inconsistente, anárquico, disperso y desapegado.
La turbulenta llegada a Barajas no consigue truncar la locuacidaz de Armando, mientras Patricia, sonriente y fascinada, escucha.
(Continuará)




instanteca dijo
Bueno bueno, esto promete. A ver qué sucede ahora.
28 Noviembre 2007 | 12:11 AM