Magia terapeútica
Pueda ser que algunos visitantes de este espacio se sientan defraudados porque en un momento de optimismo anuncié que iba a colaborar en un programa de radio cuyas experiencias compartiría aquí con todos. Luego me arrepentí. Por varias razones, entre otras por pudor intelectual y por respeto al resto del equipo radiofónico. También por no comprometer derechos de autor y otras servidumbres derivadas de ese tipo de contratos laborales que, aunque nadie me avisó, he comprobado que operan en los medios comerciales.
Salvados esos escollos, sin embargo, he constatado recientemente que lo público, lo publicado, es de dominio público, valga la reiteración. Y como simple espectador, con independencia de la butaca que ocupe, me encuentro con algunas historias que los radioyentes cuentan, grabadas en mi retina. Y me apetece proyectarlas en mi espejo.
Una mujer de terciada edad de Jerez de la Frontera, estaba un sábado por la mañana tomando el aperitivo en una de las tascas típicas de los aledaños de la calle Larga. Sola, en la barra, sobre su taburete, miraba sin parpadear a un grupo de tres o cuatro adolescentes que, sentados en torno a una mesa, pasaban la mañana enredando con barajas.
Uno de los parroquianos, que al parecer llevaba desde la hora del desayuno tardío de los sábados en el bar, estaba sentado con ellos. Lo habían tomado como "voluntario" de entre los intermitentes clientes que van entrando y saliendo a lo largo de la mañana. El hombre, ya mayor, reflejaba en el rostro el gozo de estar disfrutando de un espectáculo gratuito. Y de otros gozos.
Los muchachos, que no pasaban de los veinte años de edad, estaban entusiasmados, riendo, practicando, provocándose unos a otros, con mucha guasa y mucho arte, como dicen por allí. Respiraban felicidad, emitían tranquilidad, muy buenas vibraciones. Sonrisas, carcajadas, dientes blancos, cervezas sin alcohol, Coca-Colas, incluso algún Cola-Cao. Y un protagonista entre ellos, Beto, el más empeñao de todos.
Beto manejaba los naipes de la baraja francesa con cierta torpeza. Los dedos se le liaban un poco. Las cartas, a veces, se atascaban entre ellos. Pero mantenía al público en vilo. Al público reducido en algún momento a la mujer de la barra y al hombre mayor; al "voluntario" cuyo rostro, si no babeaba de satisfacción, parecía que tuviera la comisura de los labios permanentemente húmeda. Tal vez por esos gozos.
Llegó un hombre de mediana edad y se acodó en la barra, junto a la mujer, para tomar una caña.
- Beto, hazle a ese hombre el juego de la carta perdida - dijo uno de los jóvenes, refiréndose al adulto que acababa de entrar.
- Quillo, si ya lo tengo dominao -contestó Beto desde su mesa mirando al recién llegado que intentaba ponerse en situación.
Como era sagaz el muchacho, valoró que el hombre era receptivo y con una sonrisa más que transparente se levantó hacia él.
- Yo le voy a ofrecer en abanico todas las cartas de esta baraja para que escoja cualquiera, la mire, la memorice y la vuelva a poner en el sitio que usted quiera.
A continuación y bajo las miradas atentas del hombre de la barra y de la mujer jerezana, tras él, así como de los otros muchachos y del viejo gozoso, realizó varios juegos de manos con cartas, en los que la torpeza de sus dedos se vio altamente superada con la destreza y el ingenio con los que conseguía adivinar siempre las cartas, sin desvelar el truco. Un espectáculo digno de ver por su sencillez y por la demostración de inteligencia de la forma más humilde y amable.
- Vienen todos los sábados y algún domingo por aquí y echan el ratillo entre risas y magia con las cartas -dijo el dueño de la taberna, desde dentro de la barra, a los clientes que acababan de presenciar los juegos de manos.
Los muchachos se fueron entre bromas y risas y el anciano se quedó solo, y acercándose a la barra a pagar, comentó:
- ¡Es una gozada disfrutar de la alegría y la motivación que tiene por los juegos de cartas esta juventud tan sana! Y no por romper cabezas ajenas...



flor_deloto dijo
[ cola-cao ... porfa, traducción ! ]
Me gustó el relato, cositas de la vida. La sencillez. Lo que nadie nota o a nadie le importa ver.
[ entonces no vas a 'locutar' ???? ay, y yo que quería oir tu voz! jeje ... llámame a mi 'toll-free number' : 1800-ESTANQUE
:)
Un beso brujo y otro con embrujo, gondolieri
16 Noviembre 2007 | 04:22 AM