El pacto con el espejo.
Me clavé los audífonos en las orejas, pinché el cable en el mp3, seleccioné a María Callas y me sumergí en su incomparable voz mientras caminaba, por la ribera del riachuelo, camino de la ermita de Santos Nuevos. El aire del campo me transfirió esa calma que sólo la naturaleza genera.
Anochecía ya cuando regresé al pueblo. Las luces interiores de las casas asomaban a través de algunos ventanucos y en otras, el humo de la chimenea me hizo pensar que la falta de sol había destemplado las estancias que algunos intentaban caldear con el fuego de la hoguera. La casa de la bisabuela lucía una fachada de piedra bien iluminada para destacar el letrero: "La Casona" (hotel rural). El ala superior derecha, la del recinto privado, estaba vacía.Desde fuera se veía oscura, y de lejos me resultaba hasta tétrica. Pero yo sabía que alguien conocido me esperaba dentro.
Entré en la estancia con ánimo resuelto, encendí la luz y me dirigí al armario. Abrí la puerta y ahí estaba mi figura joven.
- Hola ¿Ya de vuelta? -me dijo.
- Sí he estado paseando sin pensar, con la mente en vacío; ya sabes que prefiero la improvisación, me inspira más pensar de inmediato, en el momento directo que reflexionar sobre sucesos en diferido. Sabía que quería volver a hablar contigo, sin importarme el asunto. Y también necesitaba evadirme y, de paso, darte la oportunidad de que tu te esfumaras. Pero veo que no, que sigues ahí.
- Sí, sé cómo eres. Sabía que vendrías -me dijo mirándome a los ojos.
Entonces comprendí que me había reencontrado, que podía contar conmigo mismo, que tal vez había estado demasiado tiempo sin contar con mi conciencia pasada, que mi conciencia actual había anulado, por pura soberbia intelectual, todos los referentes que mi conciencia joven tenía en la primera madurez, cuando uno está en la plenitud de las facultades físicas y mentales.
- Me alegro de haberte encontrado -le dije a mi figura en el espejo.
- Si, debes alegrarte. Tal vez nunca me has perdido, pero ahora me has recuperado -me contestó mientras sacaba un paquete de Marlboro del bolsillo y colocaba un cigarrillo en su boca. Se encendió el pitillo y expulsó una bocanada de humo que veló en parte su cara tras el espejo.
- Te recuerdo cuando fumaba -le dije mientras tomaba asiento en la silla mecedora- y te envidio, pero ni se me ocurre pensar en volver a ponerme un cigarrillo en la boca. ¿Sabes? no echo de menos fumar pero si echo de menos tu potencia, tu impulso vital, tu seguridad, tus certezas. Esa parte que tú siempre has achacado a nuestra casa Sagitario. La contemporización me ha limado demasiado. Ha dejado las aristas de la roca convertidas en suaves curvas de piedra y sus restos esparcidos en la serenidad y en el reposo de la quietud de la arena de la playa, a merced de las olas, los vientos y las patadas y juegos de ocasionales bañistas. Me preocupa el presente como trance de futuro. A ti no te preocupaba el futuro y el presente lo veías como superación del pasado. Tengo que conciliarme contigo. Te necesito de aliado, o el futuro, la vejez, se apoderará de mi sin remisión.
- Cuenta conmigo -me dijo soltando un resto de humo por la nariz.
- ¿Y que haré cuando esté fuera del pueblo, cuando no pueda recurrir a abrir el armario ropero para charlar contigo?.
- LLévame contigo.
- ¿Cómo?
- ¿Ves ese secreter sobre la cómoda?
- Si.
- ¡Ábrelo!
Me levanté dirigiéndome a la cómoda y antes de abrir el secreter me giré hacia el espejo del armario.
- ¡Ábrelo! -volvió a insistir levantando la cabeza autoritariamente.
El secreter era una caja de madera de palisandro, de cuarenta por treinta centímetros de superficie plana y unos quince centímetros de altura, con una pequeña cerradura y una llavecita plateada. Abrí la tapa y en la contratapa me volví a encontrar con mi cara enmarcada en un espejo encajado en ella. Mi cara con barba negra y espesa, no canosa y recortada. Mi cabeza con pelo negro, algo rizado, con algunas entradas, peinado hacia atrás... No rapado como lo tengo que llevar ahora. Miré instintivamente hacia el espejo del armario... Aún estaba mi figura joven con el cigarrillo en la mano, sonriendo divertido.




flor_deloto dijo
Tienes suerte gondolieri, te has reencontrado y te has reconocido . En un espejo biselado antiguo, en el de la tapa del secreter. Te invito a verte en el espejo grande cuando te afeitas - o te retocas la barba - o en el del carro cuando manejas esos tramos largos. Es un reto que no puedes desperdiciar, ya que buscas una transfusión de energía vital ... de esa que está adormecida y que para despertarla solo hace falta una nueva ilusión o proyecto de vida.
Te dejo un beso mío y otro de mi otro yo, del que vive en la tapa de mi secreter de madera de palo de rosa y que me sonríe con quince años menos , el pelo más largo y la bohemia alborotada.
2 Noviembre 2007 | 11:11 PM