Capturado en el espejo
Regresé a la casa familiar donde la madre de mi madre fue niña, donde vivió hasta que desposó. Aquella casa que a trancas y barrancas había conseguido la familia mantener. Tal vez por respeto a la bisabuela o a ese recuerdo que sus hijas fueron transmitiendo en sucesivas generaciones, no se traspasó, ni se vendió, ni se cedió, ni se disputó, ni se desgranó, a pesar de estar deshabitada, de quedar lejos de los herederos, a pesar de permanecer como un mero condominio familiar prácticamente abandonado. Aquella mujer de armas tomar que presionada por la penosa situación de una España arruinada, allá por 1910, mandó a sus hijos varones, aún niños, a Costa Rica. A ganarse la vida para la familia y a labrarse el futuro. Aquella mujer, debió dejar depositado en sus hijas algún gen que, perdurando en el tiempo hasta nosotros, instigaba el afán de los biznietos (algunos de los cuales ni se conocían, ni se hablaban) en continuar soportando el mantenimiento de la casa de todos.
Apartada, en un pueblo de Castilla a desmano de las carreteras radiales que desde Madrid divergen hasta los últimos rincones de la Península, se había mantenido gracias a una oportuna reconversión en hostal rural, explotado empresarialmente por el único familiar que quedaba en el pueblo. Un modesto negocio que le permitía, a él sobrevivir, y al resto de los herederos amortizar los gastos de las obras que hubo que hacer para sostener una estructura levantada hace más de cien años. Una única condición regía sobre la casa. Mantener una estancia en condiciones de uso, en un ala privada, para disfrute de aquellos familiares que quisieran acercarse al pueblo a descansar o a recuperar las energía genéticas de la bisabuela. A palpar las raíces de la familia. Sólo los familiares en línea directa con la bisabuela, cualquiera que fuera su estado civil o su nacionalidad, sin cónyuges; de manera que solamente descendientes del tronco de la abuela Inés gozaran de sus pertenencias.
La estancia, suficientemente amplia en relación a los espacios de los liliputienses pisos modernos, quedaba algo abigarrada porque estaba invadida por los muebles que madres, abuelas y bisabuela habían mantenido en esa casa familiar. Una alacena, dos inmensos arcones de madera de roble, dos cómodas de caoba, una librería colonial, un bargueño repujado con filigranas de marfil y finas maderas de oriente, un brasero de bronce,... Y el armario ropero que la bisabuela tenía en su alcoba. ¡El armario de la abuela, Dios!
Todavía me estremezco recordando la sensación que tuve cuando en mi última visita al pueblo, anteayer, abrí ese armario. Hasta entonces, un respeto reverencial me invadía cada vez que entraba, sólo, con mi hermano, o con mi madre, en la estancia. La próxima vez, probablemente deba de afrontarlo con miedo. No se si depende de mi o del destino. Estoy ciertamente abrumado por lo que pasó, aunque tranquilo, porque de haber algo, no será nada negativo ya que proviene de las entrañas del legado familiar. Estoy seguro de que es un fenómeno inofensivo.
Cuando abrí la puerta central del armario ropero de tres cuerpos de la bisabuela, esperaba encontrarlo vacío, a lo sumo una cuantas bolitas de alcanfor esparcidas en el suelo o en los cajones, tal vez restos de hojas puntiagudas de romero. Efectivamente, al abrir la puerta el armario estaba vacío, pero en el momento en que estaba a punto de cerrarlo, noté una sombra, como el tenue fulgor del pabilo de una vela antes de apagarse; e instintivamente, lo abrí de golpe. Todavía se me eriza el vello al recordar lo que vi. En la contrapuerta había un espejo enmarcado ocupando toda la superficie interior, y en el espejo, a tamaño real, vi mi propia figura asiendo con la mano a la puerta desde dentro del espejo, sonriéndome. Mi perplejidad fue doble al comprobar no sólo los gestos que yo hacía no eran los que me devolvía el espejo, sino que, ni la vestimenta, ni la edad se correspondían con las mías.
Cerré impresionado la puerta, aunque de inmediato la volví a abrir curioso esperando que hubiera sido una jugada de mi mente, un agujero negro de mi imaginación, tal vez un sueño... Pero no, ahí estaba yo, como estuve hace quince años, poco antes de que hiciéramos la reforma de la casa, cuando inspeccionaba el armario de la abuela para retirar las ropas que quedaban. Con la misma facha, las mismas ropas, la misma cara de felicidad. Como si aquella imagen hubiera sido capturada entonces por el espejo.
(¿Seguirá?)






rapme dijo
Espero que sí.
Saludos esperanzados!
21 Octubre 2007 | 11:19 PM