De reflejos y de lunas 4
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Azorada con sus propios pensamientos, se levantó para ir al cuarto de baño. Cuando Manu, con suma indiferencia, la vio pasar a su lado, otra de las clientes de una mesa detrás suyo se dirigía a él gritando: “¡Manolo!”.
Giró ligeramente torso y cabeza buscando con sus ojos quien le pudiera llamar por su nombre de pila, ya desusado. En una mesa próxima había dos ancianas a las que no conocía de nada. Se sintió desconcertado al verse reconocido y volvió la cabeza a su espalda por si estuvieran mirando a otra persona. No había nadie más.
—¡Hola, buenos días!, —le dijo una de ellas con amable sonrisa— ¿Tu eres Manolo Sanchís, no? ¡Mira que suerte! ¿Te importaría firmarme un autógrafo para mi nieto Alfonsito, es muy forofo del Real Madrid y tiene un póster tuyo en la cabecera de su cama… Siempre que juega el equipo me dice que Manolo Sanchís es el que más mola…
Tras estos comentarios, Manu sopesó la conveniencia de aclarar la confusión, pero decidió seguirles el juego y suplantar por unos momentos futbolista.
—¡Claro que sí, señora! ― Respondió exhibiendo una amplia sonrisa.
Y abriendo por una página en blanco su propia libretilla de apuntes, escribió: “Para que Alfonso y su abuela no dejen de seguir a nuestro equipo. Con afecto de M. Sanchís”. Después consultó el reloj. El tiempo se le iba. Tras unas breves palabras de disculpa por las prisas, se despidió, guardó las gafas y el libro en un bolsillo de la mochila y poniéndose la parka salió de la cafetería dirigiéndose, calle abajo, al aparcamiento subterráneo de Colón.
Al volverse a ver reflejado en una luna, supuestamente como un futbolista famoso, sonrió para sus adentros pensando en la confusión que su apariencia provocaba. Ninguna de las personas con las que había ido topándose a lo largo de su recorrido desde que salió de Aluche habría sospechado de su verdadera identidad ¿Tantas personalidades se podían proyectar?
Antes de bajar al aparcamiento hizo una llamada con su móvil.
—Agur Ion, dile a Pentxo que el libro está entregado y que voy a dejar la tarta de cumpleaños ¡Gora euzkadi askatuta!
Colgó sin esperar respuesta. Eran las 20,20 horas del 11 de octubre de 2001 cuando entró en el aparcamiento. Se dio un paseo por la primera planta intentando localizar las cámaras de vídeo de vigilancia que previamente había visto señaladas en el croquis de objetivos, para eludirlas, y se dirigió hacia el fondo de uno de los laterales. El aparcamiento estaba rebosante a esa hora. Sacó de su mochila un “taper”, lo abrió, manipuló algo en su interior, lo cerró y se agachó para colocarlo adherido a los bajos de un Opel Corsa, debajo del asiento del conductor.
Cuando salía de allí, su mente fría y programada para golpes letales le permitía imaginarse a la mañana siguiente, sentado frente al televisor con su colega, con una cerveza en la mano, viendo las noticias madrugadas por las dos explosiones colocadas en el corazón más conservador de Madrid. Sediento de sangre y borracho de rencor, saboreaba de antemano otra victoria de los gudaris, y en el mísmo día de la llamada por los maketos Fiesta Nacional.
Sin embargo…A pesar de la impunidad con la que se había movido por todo Madrid, a pesar de lo fácil que es para un iluminado con planes asesinos moverse en la clandestinidad y pasar desapercibido, Manu no estuvo al día siguiente sentado frente a un televisor regodeándose con su éxito.
Al salir de Colón tras colocar la “tartera”, observó un inusitado despliegue policial y un sobrecogedor ulular de sirenas por los alrededores que le obligaron a tomar inmediatas medidas. Su plan de escape le llevó a encerrarse en un zulo de seguridad instalado en un piso de estudiantes en Alcalá de Henares.
Cuando las abuelas comentaron con orgullo y excitación con los camareros, lo contentos que iban a estar sus nietos con el autógrafo de Manolo Sanchís, uno de ellos, acérrimo madridista, les dijo que Sanchís jamás había pisado esa cafetería y que el hombre con el que habían estado hablando no era un jugador del Madrid, ni de lejos. Entonces, una de ellas recordó que cuando el impostor firmaba, le había visto por la bocamanga asomar un tatuaje en el antebrazo con un hacha y una serpiente enroscada. Asustados todos, llamaron enseguida al 091.
FIN




flor_deloto dijo
Uf! menudo desenlace .... ja ja ja, no hay que subestimar a las abuelas ... nuca! Siempre saben donde ponen las garzas!
PD: urgente traducción
*forofo [ aunque me imagino ]
*maketo
*tartera
Espero el siguiente relato, tanto me advertiste que me podía arrepentir que no dejaste que mi imaginación volara del todo! Al principio Manu me gustó, después ya vi venir el 'gato encerrado'. Un beso cavilador.
4 Septiembre 2007 | 01:17 AM