De reflejos y de lunas 3
Alguien le preguntó la hora. Se percató entonces de que iba con cierto retraso y dejando la revista en el anaquel se dirigió hacia la entrada de la Línea 2. No podía retrasarse. Tenía que ejecutar con precisión de cronómetro el encargo para el que había salido esa mañana. El andén estaba tranquilo, casi vacío aunque todos los asientos ya se habían ocupado. Se recostó en la pared bajo el letrero "Opera", junto a un anuncio mural, cruzando los brazos y mirando a la vía. A su lado, un grupo de chicos y chicas con mochilas escolares consultaban unos libros de texto y comentaban entre ellos, a voces, cosas de Historia. Tal vez por su aspecto pensaron que podía ser profesor de colegio o titulado universitario y no se cortaron nada preguntándole entre risitas tontas:
—Oiga, señor, ¿usted sabe si la Guerra Carlista…? —A lo que Manu respondió con un evasivo pero educado:
—Lo siento, chavales, pero yo soy bombero y no he estudiado Historia.
Al llegar a Goya, Manu salió a la superficie y se integró de nuevo en la corriente humana que circulaba por las aceras comerciales de la milla de oro del corazón de Madrid. Tenía que llegar a la calle Ayala donde nunca había estado anteriormente. Consultando mientras caminaba un croquis que sacó de su mochila —como aquellos mapas de la Isla del Tesoro, con sus sendas y su aspa señalando el punto final—, pisó uno de esos indeseables excrementos de perro diseminados como minas por las aceras del barrio de Salamanca. Se desahogó con un sonoro “¡Mierda!” y mientras se restregaba la bota en el bordillo para limpiarse, vio los rostros de sorna de dos porteros que le miraban mientras hilaban la hebra sobre el último partido de fútbol, frente al número 85 de la calle. Justamente la dirección que tenía señalada. Comprobó, antes de entrar, la existencia junto a la jamba de una placa dorada con la inscripción: Alfredo Briones del Corral –Abogado– 3º D, grabada en grandes letras. Era la dirección precisa sobre la que había recibido instrucciones. Miró a través de la puerta acristalada. Al fondo del portal vio al portero sentado en su garita y entró con paso decidido hacia ella. Tras un saludo cortés, le preguntó si podía dejar correspondencia para don Alfredo Briones.
―Sí, déjemela aquí, junto a estos sobres―, contestó el portero mecánicamente mientras seguía con la lectura del Marca.
Manu sacó de su mochila urbana un sobre marrón grande y abultado (de los que van forrados interiormente con papel de burbujas) que parecía contener un libro grueso y lo puso en el mostrador diciéndole:
—Menos mal que he llegado a tiempo, porque mañana, 12 se octubre, usted tendrá fiesta, ¿no?
—¡Hombre, pues claro! ¡Mañana p’al pueblo! —dijo el portero.
—¡Qué bien! Así el abogado tendrá su regalo a tiempo. —Comentó Manu mientras se volvía en dirección a la puerta.
Satisfecho y sin disimular una cínica sonrisa que hubiera helado al portero, Manusalió a la calle con la intención de tomarse un humeante café en una de esas cafeterías del barrio de Salamanca a las que suele ir la "gente pija”. Consultó el reloj y revisó un mensaje que tenía en el buzón de su móvil. Una instrucción que le marcaba su agenda inmediata. Iba sobrado de tiempo y tenía que dejar transcurrir una hora, no menos de una hora, antes de dejar el
segundo y último encargo del día.
Sentado en una mesita de California 47 frente a un café con leche, con un libro de tapas duras entre las manos, sin la parka y con sus gafas de cristales al aire, tan a la moda; gafas sin graduación que solía utilizar como técnica de cambio en la apariencia, Manu parecía un intelectual, medio bohemio, medio burgués; un cliente potencial de cualquiera de los comercios del barrio. Absorto en la lectura, se abandonó a sus mundos interiores perdiendo el contacto con la realidad circundante, sin percatarse de la insistente aunque discontinua mirada de una señora, sentada en la mesa de al lado, que tomaba una tisana mientras ojeaba distraídamente una revista dedicada a la mujer.
La señora tenía una apariencia de gran dama que probablemente reflejaba su propia realidad. De una edad indefinida, aunque no muy alejada de los cincuenta años, con el cabello claro dorado por suaves mechas, recogido en la nuca en un moño, dejaba al descubierto un cuello fino y un rostro de facciones suaves y proporcionadas, resaltadas sutilmente por el discreto maquillaje. Mientras miraba discretamente a Manu, que no levantaba la vista del libro, escrutaba todos los datos que de su imagen podía sacar. Tras ese aspecto de varón culto e instruido, veía en él algo más, un toque salvaje y agresivo. Y se dejó llevar por fantasías sensuales. Se veía reflejada en el espejo de su cuarto de baño, recién salida de la ducha, envuelta en una toalla blanca atada sobre su pecho, secándose el pelo con otra toalla mientras el torso desnudo del vecino de mesa se pegaba a su espalda en un íntimo abrazo orquestado por dulces susurros de deseo.
...//...



flor_deloto dijo
Entiendo a la dama del café. No hay sensación que supere la visión del desenlace luego del amor. Como no hay sensación que supere el tacto rectangular de su pecho contra mi espalda.
1 Septiembre 2007 | 08:17 PM