De reflejos y de lunas 2
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Colgado por un brazo del asidero y mirando a través del arco de su codo en busca de la ventana próxima, consiguió vislumbrar su rostro reflejado en la luna. La escasa iluminación y el traqueteo del tren le devolvÃan una imagen imposible de fijar con suficiente definición. En algún instante, el reflejo de su rostro proyectaba la figura de rico desheredado que se lanza a la vorágine urbanita en busca de un sueño personal utópico e indefinible. Sin embargo, seguÃa preocupado por el comentario de las viejas.
Decidió quitarse el gorro negro de lana y dulcificar su gesto con una mueca sonriente. Se remiró en la luna del vagón y obtuvo un reflejo menos agresivo, más confortable. Se sintió mejor al comprobar que asà pasaba más inadvertido.
A su lado, un joven estudiante asido a la misma barra, le estaba oliendo, y con la mirada perdida en la luna de la ventana donde miraba su rostro, aprovechaba cada envite que el traqueteo del tren ofrecÃa para rozarse con él. Manu, sospechando cierto acoso sexual buscó con curiosidad, una vez más, la imagen que proyectaba. Mantuvo, no obstante, su posición sin ceder espacio al estudiante y en el primer roce evidente sacó la cabeza del marco de su propio brazo, girándola con decisión y buscando directamente los ojos del muchacho. Su mirada admonitoria produjo un efecto inmediato. El estudiante, superando la parálisis inicial de un escalofrÃo morboso provocado por la fuerza de esos ojos, avanzó hacia la puerta del vagón, se volvió a mirar a Manu a hurtadillas y se bajó en la estación de Acacias.
Manu se quedó mosqueado por la osadÃa del muchacho aunque, en el fondo, le tranquilizaba pensar que la posible imagen homosexual que pudiera dar sirviera para despistar sobre los detalles de su condición real. Pero la idea no le hacÃa ninguna gracia e instintivamente buscó entre los pasajeros alguna tÃa atractiva. Se fue aproximando a una de las puertas para apearse con rapidez en la siguiente estación, situándose junto a una chica de unos veinte años que, abrazada a una gruesa carpeta, mascaba chicle con la mirada perdida en los carteles de propaganda del fondo del vagón. Una melena sedosa y brillante se descolgaba sobre sus hombros y, cada vez que se atusaba el pelo con la mano izquierda, agitaba el aire de su entorno con sugestivos olores perfumados. La visión de esa mirada traviesa junto a la sonrisa fresca y radiante de una boca tan atractiva como inexperta, le acabó relajando.
Intuyendo más que viendo que era su estación de destino y, como buen conocedor —por ser parte de su trabajo— de la red metropolitana madrileña, se dejó llevar tras la apertura de las puertas automáticas del vagón. El transbordo en Ópera de la lÃnea
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flor_deloto dijo
Debo estar bien camuflada, la mirada de Manu no me ha detectado. Tal vez sean muchas las lunas en las que él se mira, demasiadas. O tal vez sea porque no somos de la misma ralea.
30 Agosto 2007 | 11:13 PM