De reflejos y de lunas
Mientras se afeitaba esa mañana tuvo un instante de evasión mental y en la distracción, la cuchilla, guiada por esa mano con voluntad ausente, le tajó la piel. Se acababa de duchar. Por el surco abierto comenzó a fluir un hilillo de sangre que al mezclarse con el sudor de su rostro y con el vaho remanente, se diluía en una desvaída mancha carmesí. Sin un quejido, Manu alargó la mano hacia el rollo de papel higiénico y arrancó un pedacito con el que hizo compresa en la herida presionando sobre el rostro. Se volvió a abstraer y de nuevo se cortó más abajo, en el borde de la quijada. Con igual destreza y rapidez repitió su reacción anterior sellando la nueva herida con otro cacho de papel.
Al salir a la calle con su mochila urbana colgada del hombro y enfundado en una parka de color gris, se caló un gorro de lana negro y con paso ligero se encaminó hacia la estación del metro de Vista Alegre. Al pasar por la tienda de ultramarinos de la esquina y reflejarse en la luna del escaparate, escudriñó su propia imagen intentando deducir el aspecto que de sí mismo ofrecía. Con sus treinta y tantos años, su complexión normal tirando a fuerte, su tez oscura, su semblante adusto dominado por una nariz contundente y su mirada escrutadora, que la línea negra del gorro sobre la frente reafirmaba, Manu se veía a sí mismo como un policía de la Brigada de Estupefacientes ¡Quién lo diría! Daba una buena imagen para conseguir moverse con tranquilidad en el barrio de Malasaña; incluso para moverse con soltura. Aunque, bien mirado, esa costra sanguinolenta formada por la amalgama del papel higiénico apelmazado en la herida del rostro, añadía a su semblante el inquietante aspecto de un macarra conflictivo o de un asaltador de bancos.
―¿Has visto qué pintas, Marisa? ¡Corre, anda, corre, que este tío no me da buena espina! -dice a su paso una señora.
—¡Qué habrá hecho, Dios mío, para que le hayan zurrado en la cara! ¡Ay, Virgen Maria, vámonos! -dice otra.
Los comentarios de las viejas le pusieron nervioso, muy tenso. Preocupado por esa imagen de gente nada fiable que pudiera estar proyectando, Manu se dirigió a la boca de metro y, bajando las escaleras, se sumergió en la marea humana que a las ocho de la mañana engullía la red metropolitana. Madrid tiene suerte con su Metro, en el Norte envidian eso. Ya les gustaría, ya, tener esa infraestructura esencial de comunicación y poder ver por las aceras de sus ciudades la palabra Metro encerrada en un rectángulo azul enmarcado por ese rombo rojo apaisado, tan emblemático.
Manu, a pesar de no ser del Foro, disfrutaba en sus correrías por el Metro de Madrid, especialmente descubriendo el talento de esos artistas ganapanes que imprevisiblemente hoy aparecen y mañana han sido desalojados. En la madriguera ferroviaria, Manu se abstraía de su propia condición, bajaba la guardia y se convertía en espectador pasivo, olvidando el talante de predador que ejercía en superficie. Ahí abajo, emboscado en la amalgama de gentes, podía ensimismarse observando expresiones indulgentes o absortas por la música de sus auriculares, o fijarse en esas miradas bobaliconas de las parejas enamoradas; incluso oír, sin escuchar, conversaciones cercanas. Ahí, en el subterráneo, se movía confiadamente.
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flor_deloto dijo
Me gusta Manu, seguro lo hubiera mirado en el Metro. Vestido de oscuro, de negro,minimalista, reconcentrado en su cuento y sin importarle nada.
Te dejo otra historia de 'metro', si la queres leer!
http://www.lacoctelera.com/flor_deloto/post/2007/04/29/maquina-de...
29 Agosto 2007 | 07:09 PM