Las aguas de Trafalgar

El efecto de las olas de mar visto con perspectiva, desde la orilla, cuando los vientos son suaves, es bastante imperceptible. La superficie del agua, más o menos rizada por ligero oleaje, tiende a parecer inmóvil, como quieta, estancada. Pero el mar transporta. El mar vive. La inmensa cantidad de agua mansa transmite a mi espíritu una sensación de calma que me apacigua el alma.
Desde mi azotea privilegiada miro al norte y puedo ver la otra orilla. Una orilla envuelta en la calima que el ligero viento de poniente coloca a modo de bufanda nebulosa en la garganta del Campo de Gibraltar. Pero la bruma no puede esconder la punta del iceberg bicorne, de roca dura, de roca inamovible, contundente, anglosajona e hiriente que emerge con altivo desdén en mitad del horizonte que diviso desde mi azotea. En la otra orilla. La orilla que me inspira la otra mirada. La de la distancia, la de la relatividad, la de la empatía, la de la admiración, la del respeto, la de la alegría y la del optimismo.
A la izquierda, hacia poniente, diviso tenuemente la punta de Tarifa que distingo por estar coronada de montes repoblados con las impresionantes hélices eólicas, energía sostenible de la madre tierra. Más a la izquierda, intento con mi imaginación escuchar el fragor de un combate naval, del más encarnizado y costoso combate librado por soldados españoles a cuenta de la potente Francia. Pero los ecos del Trafalgar de 1805 no me llegan, ni el color de la sangre derramada, ni el picante olor de la pólvora ardiente o el nauseabundo olor de la carne quemada. Ni siquiera la rabia.
Me llegan hervores de piel, ardores de sangre joven. Carne fresca y desnuda por las playas de Zahora o de los Caños de Meca. Amor al aire libre. Calor del flamenquito almibarado para el consumo en coches tuneados. Fuego de brasas al caer la noche, hogar de playa. Verbenas de rastas en cabezas huecas y en cabezas llenas. Color de verano.
La brisa de Poniente, me trae de las aguas de Trafalgar colores, calores, olores, amores de verano...
Es lo que tiene mirar desde otra orilla, ver con otra mirada, ponerse a sotavento.
Por eso estoy aprendiendo a mirar. Y me gusta.






flor_deloto dijo
Me gusta como miras con tus dos miradas, desde tus cuatro orillas.
Hasta podría copiarme e intentar hacer lo mismo desde mi terraza privilegiada, pero después de pensarlo no me decido ... aquí no hay flamenquito almibarado sino raegetton agresivo, aquí no hay rastas llenos o huecos sino brazos y piernas tatuados por doquier. Suena el son cubano, el hip hop y las mil torres de Babel. Y esa, esa no es mi playa. Ni mi verano. Prefiero mi amor al aire libre y llenarme de arena cuando la playa está vacía .... y eso empieza en otoño.
Cuéntame más de Gibraltar.
Alguien a quien quiero mucho acaba de llegar de allí y me trajo fotos de micos traviesos y un imponente atardecer al filo del peñon.
Un beso de verano.
17 Agosto 2007 | 04:32 PM