Me gusta El Renacimiento. Lo digo sin ambages. Mi vida interior, esa amiga desconocida, suele solazarse en la renovación intelectual y en los cambios que promueven el progreso humano. Me sumo a los ánimos renacentistas donde los haya. Vaya, que si.

También me gusta Petrarca, obviamente; si no, no hubiera posteado un fragmento suyo. Pero hoy no me tocaba hablar de él. Y no lo voy a hacer a pesar de que algún listillo haya irrumpido en los comentarios de mi post "El pan de los ángeles" para darnos una pincelada biográfica del conocido renacentista.

Durante el Renacimiento, se popularizan en Europa algunos inventos tecnológicos procedentes de la gran China. Hete ahí la brújula magnética, instrumento que posibilitó la realización de tantas hazañas marítimas que abrieron el globo terrestre a la exploración europea. O la pólvora, también desde China, sin la que no se hubiera acelerado el derrocamiento del orden feudal que favoreció el surgimiento de las naciones y los estados. O la invención del reloj mecánico, artefacto que cambia la relación del hombre con el tiempo, especialmente en el trabajo, liberando a las actividades humanas de su dependencia de los ritmos solares.

¿Y, qué decir de la imprenta? Pues, se me ocurre que fue el trampolin perfecto para la difusión del conocimiento, con el valor añadido de erosionar, irremediablemente, el monopolio que la Iglesia mantenía sobre la educación. El simple hecho de posibilitar la lectura silenciosa frente a la comunitaria, potenció la reflexión solitaria y con ello, algunos hombres consiguieron zafarse del control colectivo del pensamiento usado tradicionalmente, propiciando así la subversión, la herejía, la originalidad y la individualidad.

También resulta obligado citar algunas ideas sobre el impacto que la peste negra tuvo en el Renacimiento. La elevada mortandad que la peste produjo en muchas áreas rurales durante el siglo XIV, colocó a los terratenientes en posición de debilidad frente a las exigencias de los campesinos sobrevivientes que consiguieron mejoras ostensibles de su calidad de vida.

La peste y la elevada tasa de mortalidad, también forzó cambios en la Iglesia y en la vida religiosa. El inmerecido "castigo divino" recibido por los piadosos, les hizo escépticos tras perder la confianza en la protección divina. Pero, por otro lado, surgieron formas más privadas de fe, aumentando el misticismo y una proliferación de capillas privadas y organizaciones benéficas. Se retomó el interés en el Cuerpo de Cristo y los creyentes superaron los mandatos del Concilio de Letrán; en lugar de comulgar una vez al año, participaban de la Eucaristía con tanta frecuencia como podían.

La historia nos cuenta que gracias a la peste negra se inician los principales cambios estructurales en la organización formal de la Iglesia. Curiosamente, la mortandad del cuarenta por ciento de los sacerdotes, obligó a su reemplazo con clérigos muy jóvenes, menos cultos y educados que sus predecesores; esto, dicen, contribuyó a debilitar la autoridad de la Iglesia en el campo del saber. Al dejar de ser la élite del pensamiento, se inicia el renacer intelectual de los laicos.

¡Hay que ver! La complicidad entre el desarrollo tecnológico y la selección natural permitió que se generasen, en muchos aspectos, importantes cambios que vinieron a remover el atraso y oscurantismo medieval.