No me asusta el futuro de España
Hace unos años, un mecánico de Iberia me dijo algo – posteriormente confirmado con un piloto- sobre el sistema de navegación de los aviones modernos que me resultó inquietante. Resulta que el sistema de los Airbus 300 está regulado por ordenador y, durante todo el vuelo (incluídos aterrizaje y despegue), está supervisado por un programa informático “cuasiperfecto” que analiza cada una de las variables y de los subsistemas que participan en la navegación del aparato (inclinación de alerones, rumbo, peso, velocidad propia, velocidad del viento, altura sobre el nivel del mar, etc…) de tal manera que, prácticamente, el avión vuela con el “piloto automático puesto” y que también lo lleva durante el aterrizaje.
- ¿Significa entonces -le pregunté-, que el piloto puede sentarse a fumarse un cigarrillo y hablar con la azafata mientras aterrizamos automaticamente los pasajeros sentados en el puro del avión?
- No –me respondió- significa que si en lugar del piloto tomara los mandos del avión el mono loco del chiste (ese que se agarró al volante del comandante y que contaba mímicamente como superviviente del estacazo quien estaba pilotando…), pues el avión no le haría caso porque sus movimientos tienen unos umbrales de máximos y mínimos que nadie que se siente a pilotar puede rebasar, y si los rebasa, pues el avión se mantiene en el umbral sin hacerle caso.
Explicado así, me tranquilizó bastante. Antes, los pilotos eran muy competentes. Probablemente ahora también, pero la seguridad en vuelo ha evolucionado mucho y contempla situaciones donde el error humano podría llevar al matadero a un elevado número de pasajeros, intentando evitarlas.
Las gestas y las glorias del PLUS ULTRA, en los albores de la aviación española, de las que tanto podemos enorgullecernos, en la actualidad serían irrelevantes. Cruzar el Atlántico en avión hoy en día no es una heroicidad, es un coñazo.
A veces, en lo político, pensamos, o nos inducen a pensar, que estamos todavía en tiempos de Felipe II y que el que manda (que por cierto no es el Rey, lo que todos asumimos con naturalidad) podría hacer lo que le saliera de los cojones con España, o lo que le permitieran las arcas reales, como hacían aquellos reyes absolutos.
Para mí que, a día de hoy, el Presidente del Gobierno –que no tiene los poderes de Felipe II, ni se aproxima- sería como un piloto actual manejando un avión actual. Sus umbrales de máximos y mínimos están autorregulados porun sistema de navegación segura.
Existen suficientes mecanismos de seguridad de navegación (Constitución, Cortes Generales, Poder Judicial, Comunidades Autónomas, operadores económicos, elementos productivos, sindicatos, sociedad civil, medios de comunicación, centros financieros, Pueblo) cuyas sinergias permiten que la nave del Estado español (por nombre España) navegue con seguridad, evitando que ningún “mono loco”, en el impensable caso de que un simio o un loco tuviera acceso a los mandos de la nave, pueda conducir el aparato Estado al desastre.
Por eso, los propagandistas de la catástrofe, que nos manipulan situándonos en escenarios trasnochados sólo para arrebatar el poder ganado en las urnas con su influencia, no me asustan nada.
