Pavana en rosa. El leñador fingido y la zorra perspicaz.
Estuve de viaje algunos días en los que eché de menos la visita de la pavana. Cuando llegué, pasé muchos momentos asomado a la terraza. Ansiaba el momento de verla aterrizar de nuevo en la baranda. Sin embargo, el clima no acompañaba nada. El temporal de frío y de agua había despejado de pavanas el cielo de Ceuta aunque algunas aparecían esporádicamente circunvalando los tejados próximos. Cada vez que los rayos de sol abrían las nubes, algunas pavanas se colaban entre sus destellos. Pero ninguna era rosa. Ninguna se posaba en mi terraza. Me puse triste.
Preso de melancolía llegué a pensar que todo había sido un delirio. Que la pavana rosa que me contó lo del astrónomo que cayó a un pozo, no existió. Que simplemente lo había soñado...
Pasaron los días, y dos o tres temporales más. Y por fín empezé a escuchar los gritos de las pavanas. Tumbado en mi cama, un domingo por la mañana, mientras remoloneaba sin querer despertarme del todo, las escuché, y eso me animó a salir a la terraza. Allí estaban revoloteando mi tejado, yendo y viniendo en amplios circulos navegatorios que estrechaban para descender graznando cerca de la casa. Sentí que me avisaban. Sonreí. Por fuera y por dentro. Y se volvió a encender en mí la llama del entusiasmo.
Estaba apoyado en el alero de la terraza orientado al sur, cuando oí un graznido muy próximo, a mi espalda. Me giré y ahí estaba... La pavana rosa, majestuosamente coqueta, me miraba desde el otro extremo de la azotea...
- ¿Me echabas de menos? -fue lo primero que me dijo.
- ¡Y tanto! -le contesté- Llegué a pensar que sólo estuviste en mis sueños.
- Los vientos a veces nos arrastran a otros lugares -respondió con cierto aire de determinismo y de misterio.
- ¿Me traes algún cuento? -le dije, impaciente por tomar notas y venir a contarlo al blog.
- Claro que sí -me dijo-. Esta vez, te contaré un suceso visto por mi misma mientras sobrevolaba por la Sierra de Grazalema, cerca de Ubrique, donde hay un extenso parque natural.
Un día, de madrugada, al romper el alba, observé bastante movimiento de cazadores con sus grandes coches y sus remolques llenos de perros, aparcados junto a un hostal de carretera próximo al pueblo. Dejaron los coches y se dirigieron al monte con perros y escopetas. Los animales silvestres fueron avisándose del inicio de una batida de cazadores. Liebres, conejos, perdices, palomas, gatos monteses, zorros y faisanes..., se iban avisando del peligro. Huían en dirección contraria al avance de los perros que, silenciosos, corrían por el campo, rastreando los olores de las camadas nocturnas de todos sus habitantes.
Una zorra, un poco sorda, no había escuchado los avisos. Al despertarse sintió sed y se fue al río a beber agua. De repente, oyó un disparo de escopeta, muy cerca, muy cerca. Y sintió como algunos perdigones impactaban en un árbol que se interponía entre ella y el cazador que había disparado. Corrió alejándose en dirección contraria como nunca lo había hecho antes. Corría oyendo de cerca los ladridos de tres o cuatro perros que seguían su rastro. Estaba muy asustada. Pensaba la zorra que la alcanzarían y se dirigió hacia la cabaña de un leñador amigo, al que saludaba como buena vecina cada vez que pasaba por su propiedad.
Al llegar, sudorosa y con el pánico reflejado en su cara, la zorra le pidió al leñador que la escondiera. Este le sugirió que entrase en la cabaña y se ocultase, y así lo hizo ella. Al poco rato, llegaron los perros que la perseguían y comenzaron a dar vueltas en torno a la cabaña, agitados por su presencia y ladrando emocionadamente, hasta que olfatearon la presencia de la perra del leñador, oliendo a celo, y salieron tras ella hacia el prado donde correteaba.
Luego, llegaron los cazadores y preguntaron al leñador, que fumaba su pipa sentado en el porche de la cabaña, si había visto a una zorra pasar por allí. No, no he visto nada -dijo el leñador-,aunque al mismo tiempo hacía señales con el pulgar de su mano izquierda sobre su hombro, señalando, tras él, hacia la cabaña.
Los leñadores, no entendieron muy bien el gesto y viendo que sus perros no merodeaban la cabaña, dieron por sentado que la zorra no andaba cerca y salieron tras ellos.
Cuando estuvieron lejos, la zorra salió de la cabaña y se fue sin decir nada. El leñador le reprochó que se fuera sin darle las gracias, a pesar de haberla salvado. La zorra, muy digna ella, y muy perspicaz, le dijo: te las habría dado, vecino, si hubieras tenido la misma actitud con tus gestos que con tus palabras. El leñador se quedó abochornado, puesto al descubierto.
-Veo, pavana, que todos tus relatos tienen un fondo moral -le dije mientras terminaba de anotar en mi cuaderno la sentencia de la zorra.
-La condicion humana es muy débil en algunos aspectos -dijo la pavana rosa-. Hay muchas personas que van proclamando su honradez y contando a todo el mundo lo buenas que son y lo bien que hacen todo, pero sus propias acciones las delatan como personas flojas y poco confiables y, sobre todo, muy egoistas. Por cierto, ¿le contarás esta historia a tu hija? -me preguntó.
-Claro, ya ves que he tomado nota en el mismo cuaderno que la historia anterior. Si sigues viniendo a contarme historias, podemos llenar el cuaderno de los cuentos más auténticos que pueda tener mi hija. Mira -le dije mostrando la portada rotulada a mano del cuaderno de anillas en el que anotaba sus relatos-.
- "Los cuentos de la pavana" -leyó la pavana rosa- Ya veo. Es un título poco original pero descriptivo, aunque ¿quién se va a creer que una pavana te cuenta cuentos?
- Mi hija -le contesté- con ello basta.
- Bien dicho -me respondió iniciando su vuelo y dejándose caer desde el alero hacia el vacío de la calle.
La pavana, mágicamente rosa, remontó el vuelo y se elevó solemnemente hacia poniente.



poedia dijo
Ya me lo he leído. Al principio me gustaba ese mundo en el que las cosas eran al revés y un leñador no hacía uso de su hacha sino de su amabilidad. Luego ya ves, la vida es como siempre, y las zorras, son muy zorras. Me gustan las historias, bastante. Fluyen muy bien. Fluye menos, para mi gusto, el diálogo pavana-tú. Pero los relatos molan. Molan casi tanto como tu mono nuevo.
Saludos...
20 Febrero 2007 | 12:00 AM