La homeless de la calle Arenal
Y de pronto te la encuentras parada frente a ti, en tu trayecto, ajena al viento y al sol, ajena al tráfico de coches, perfectamente apostada a la salida del Metro de Ópera, en la acera de enfrente. Está tan sólo pendiente de los transeúntes que circulan por su entorno, a los que a voces pregunta: ¿tienes cambio?...
- ¿Tienes cambio? - y agita, arriba y abajo, un vaso de plástico con algunas monedas. La mano enguantada en azul, con los dedos desnudos, hace tintinar el vaso con precisión, con rotundez, con un medido tono de exigencia. Guantes en azul, del mismo azul turquesa, de la misma lana que sus calcetines cortos, bajo las tiras blancas de unas sandalias carmelitas. Y un abrigo rosa malva, imitando la piel de un oso al que le hubieran teñido de rosa para una fiesta de Ágata Ruiz de la Prada. De malva y turquesa, con ribetes blancos, en los pies y en la cabeza. En la cabeza, una cinta elástica que, a modo de diadema blanca, recoge su pelirroja melena. Y a su vera, sobre la acera, apoyado en la pared, un montoncito de equipaje, bolsas y cartones, cubiertos dignamente.
- No tengo suelto, lo siento - dice al pasar un joven en vaqueros y sudadera, con aspecto de Jesús el Nazareno (prepasionario), probablemente intimado por la enérgica actitud de la solicitante; o, desconcertado por la pregunta que enmascara una fórmula de mendigar desconocida.
- ¿Tienes cambio? - insiste a mi paso, unos metros detrás del joven, mientras cruza conmigo una mirada que despega cual centella -como sintiendo que no la voy a hacer caso-, para seguir oteando la boca del Metro.
A punto estoy de meterme la mano en el bolsillo, buscando esas monedas sueltas que siempre se llevan, porque me seduce su imagen y su forma de plantear el reclamo mendicante, pero el pudor humano me deja remiso.
Luego, pienso en la tópica figura de gitana española, enrefajada y con alguna criatura en su seno, con el brazo en ristre y la mano abierta, viniendo hacia mí, mientras exige... ¡Dáme argo, señor, dáme argo!
