No me gustan las ballenas en la sauna leyendo el periódico.
Una sauna finlandesa es una cámara privada y hasta cierto punto íntima, donde uno, en su cerebro, puede encontrarse consigo mismo mientras su cuerpo se libera de toxinas. Tomar una sauna es una especie de rito. Te sumerges en un cuarto ligeramente iluminado, a más de 80º de temperatura, y dejas que tu cuerpo, al adaptarse a ese calor que dobla tu temperatura corporal, se defienda de la agresión, forzando un mecanismo de refrigeración por sudor por donde se evacuan elementos residuales de la centrifugación linfática. Es un acto intimo, placentero y placentario por aquello de una ligera evocación al encapsulado fetal en el seno materno. Es un momento de relax y de posible reencuentro con ese Yo perdido en el marasmo cotidiano de las presiones laborales, familiares, emocionales, sociales o fiscales.
Tomar una sauna es un ejercicio liberador, despresurizador y relajante. Y si hay posibilidad de verter unas gotas de aceite de hierbas aromáticas en un poco de agua para esparcir sobre las piedras candentes de la estufa, el cuerpo se deleita con sumo placer.
Yo no tengo sauna propia, porque no puedo y pienso que si pudiera tampoco se si querría. Al no tener sauna propia me las he arreglado con las saunas públicas de los modernos centros deportivos privados, porque además de todo lo anteriormente expuesto, el calor excesivo al del cuerpo humano funciona al modo de masaje que ablanda y distiende los músculos recien sometidos a entrenamiento.
Las saunas públicas, si bien no suelen ser muy grandes porque perderían la capacidad de concentración de calor elevado, pueden albergar de cuatro a seis personas. Afortunadamente solo suelen ser usadas por una minoría de socios, probablemente por ser desconocidas y ajenas a nuestra cultura. A pesar de que haya gente, excepto cuando coinciden amigos o conocidos, se suele respetar el silencio y la "redención sudorífica" que los usuarios hacen a título individual. No obstante, en ocasiones se producen divertidas tertulias improvisadas que el agobiante calor suele romper provocando la huida precipitada de alguno de los participantes que ha llegado al límite de su resistencia y sale con urgencia en busca del refrigerio en la ducha.
Mi peor experiencia es cuando al entrar en la sauna la encuentro ocupada por algún señor gordo o gordísimo, y viejo o bastante viejo, con sus gafas de presbicia puestas leyendo un periódico a la tenue luz del farolillo interior. Ese señor con las vísceras abultadísimas, los michelines rellenísimos, las tetas grandísimas y colgantísimas, el estómago completamente descolgado, que seguramente no ha hecho nada de deporte, ni a lo largo de su vida, ni en la hora anterior en la que probablemente ha estado subido un durante un ratito a una bicicleta estática viendo la televisión. Ese señor ¿pensará que el sudor de la sauna va a adelgazar su orondo cuerpo?
El problema, desde luego no es el señor, que por mi puede estar todo lo gordo que quiera o pueda o sudar cerveza de barril a litros, el problema es que las gotas de sudor sobre el papel de periódico y el calor, lo va reblandeciendo convirtiéndolo en pasta de celulosa que desprende un insoportable olor a detritus orgánico parecido a una pota de borracho la madrugada de un sábado.
Es un olor indescriptiblemente nuseabundo y desagradable, no el del señor gordo, sino el del papel de periódico mojado y caliente, insisto. Por eso NO ME GUSTAN LAS BALLENAS EN LA SAUNA LEYENDO EL PERIÓDICO.
