La Coctelera

Espejo insondable

Este espejo intenta hacer visible lo invisible a los ojos del entendimiento. Acércate con OTRA MIRADA y tal vez lo puedas lograr.

Categoría: Mis relatos

18 Febrero 2008

Los sueños también vuelan.

Estoy frente al mar. Un fuerte temporal azota la costa y el mar embravecido arroja sobre la playa su alborotada melena aguamarina en olas trenzadas a sotavento. Surcando los fuertes vientos, tenaz en su cometido mensajero, una gaviota ha llegado trayendo un tremendo sobre. Viene de muy lejos.

Sobrevuela mi terraza, y cuando verifica que estoy mirando al cielo, mirando el vuelo circular que va trazando sobre mi vertical, abre el pico y deja desprenderse el sobre que zigzaguea en cenital descenso hasta quedar depositado en el suelo de la terraza, a unos metros de mi. Cuando lo rasgo abriéndolo, con tanta curiosidad como sorpresa, me envuelve de repente un olor a otras sales, a mares más cálidos, a espumas de mar que acarician finas arenas blancas. En el mismo momento de abrir el sobre se desbordan alegres unos grandes pétalos ovoides, de color blanco en la base, que se van enroseciendo tenuemente en su camino hacia la punta, perfilando un color inigualable propio de una flor muy especial. Los pétalos fluyen y fluyen del interior del sobre con tanta profusión que llegan a formar una acolchada alfombra a mi alrededor; plétora florida que desvela la generosidad de la florida flor remitente.

Y en el fondo del sobre descubro una especie de garlito lleno de posibilidades. Las que me desean desde allende los mares, tantas como sueños tenga y los pueda atrapar. He pensado que debería colgarlo en algún sitio mágico para que su embrujo sea eficaz, no sea que alguna distracción mía suspenda sus habilidades privándome de esos átomos de felicidad que, a base de atraparlos y coleccionarlos, nos permiten caminar por el sendero de la vida con la plenitud de ser seres humanos, humanizados prodigiosamente para el consuelo de otros seres.

Mañana colgaré mi dreamtraveler en un lugar donde el aire lo atraviese, donde sus plumas puedan entretejer mis ilusiones, mis sueños, mis deseos más nobles, con los whises de buenaventura que la amistad sin fronteras me manda desde las cálidas aguas del Mar Caribe. Lo colgaré del viento que arrulla mis pensamientos y vela mis sueños, del viento que despeja mis sentidos y me oxigena el alma, del viento que aventará mis cenizas, de ese viento inmortal, para que mis sueños puedan volar siempre.

servido por cavilante 9 comentarios compártelo

12 Febrero 2008

Sarcasmo carnavalero.

¡Ay carnaval, carnaval!

Pues estuve en "Cai" para ver el famoso carnaval y como solo pude estar el último fin de semana, no me enteré muy bien del famoso Carnaval de Cadiz. Como todas las fiestas populares, o se viven desde dentro, o se "japonesean", y ese fue mi caso. Las viví, el viernes por la tarde y el sábado, como un japonés una corrida de toros, con la diferencia de que creo que me metí en la plaza a la hora y el día equivocado, y sólo me topé con los monosabios y los restos de la fiesta, los inagotables, los incombustibles, el "desecho de tienta".

La noche del viernes tuvimos la suerte de toparnos en una plaza del casco antiguo con "Los cirujanos plásticos" una chirigota "ilegal" que disfrazados de médicos de hospital, un puntito amontillaos y con la farlopa a flor de voz andaban por la noche cantando sus cuplés y pasodobles. Usando el teléfono movil como grabadora pude pillar este cuplé.

Viendo el Gran Hermano,
Supervivientes y el Autobús
yo me obsesioné de manera Bárbara
y me fui corriendo pal Carrefú
y allí me compré por lo menos
doce o catorce cámaras.

Las puse en el baño, por la cocina,
por to los cuartos, por la salita
y hasta en las lámparas.
Así descubrí que mi niña Elena
le pega a los porros una cosa güena
y vi que mi suegra,
cada vez que caga
no jala nunca de la cadena
que mi mujer tiene una quería
pero lo peor que yo descubrí
y no es tontería
que mi niño el chico tiene una picha
que es cinco veces más que la mía

Si tú amas a Jesús alza las manos
Si tú amas a Jesús toca las palmas
Si tú amas a Jesús date un culazo
Si tú amas a Jesús pega dos botes
y con las manos, las palmas, los culos y los botes
al final tol mundo estamos queando de carajotes.

O esta otra

Anoche vino a verme un gachi,
a ver si le enseñaba unos teoremas,
llevaba una faldita por aquí
y estaba la verdad la mar de buena.
De pronto me trincó el rotulador
y yo le dije suéltalo Jacinta,
espera que le ponga el capuchón,
pa que no salga la tinta
y luego empezaremos la lección.
Con destreza y empuje
y usando mi experiencia
la clase dio comienzo.
Le enseñe la materia
y yo se la introduje con algunos ejemplos.
Estudiamos el plano y a todas sus funciones
le fui metiendo mano.
De pronto me cogió todo el paquete
a ver los folios a donde los metes.
Poquito a poco dimos todos los pasos.
La niña resultó se cosa fina,
encima me dio propina
por eso antes de irse
yo le pegué otro repaso.

¡Ay carnaval, carnaval!

servido por cavilante 4 comentarios compártelo

7 Enero 2008

Hay más tiempo que vida (y5)

...//...

¿Cual es el imán de este viejo mulato? ¿Acaso su sabiduría natural? ¿Acaso su fortaleza de espíritu, o su serena madurez? –se preguntaba Armando--.

Algo había de cautivador en aquel cubano anciano. Tal vez irradiara cierto magnetismo positivo cargado en el cruce dos culturas, la sabiduría de la vieja y la lozanía de la emancipada. Lo cierto era que Lisandro se había hecho a sí mismo con los referentes a su alcance. Aprendió las letras, y las cuentas, por decisión de su madre. Su primera escuela fue un cuarto con olor a almidón y a lavanda, de la mano del contable del general Gerardo Machado, mientras su madre planchaba primorosamente la ropa blanca y el instructor daba cuenta de un tamal de pollo frito con miel. El trueque de la planchadora con el chupatintas le permitió estar alfabetizado a los seis años, cosa que para los tiempos que corrían era una notable aportación a la exánime cifra de niños nativos instruidos. Después, la aventura del conocimiento a través de los libros de la biblioteca del palacio, libros que podía leer, al prestado, gracias al buen entendimiento entre el ama de llaves y la esposa del respetado y temido héroe de la independencia que posteriormente fuera Presidente de la República.

Los olores ocupan un papel fundamental en la fijación de los recuerdos. Armando descubrió, asoció y troqueló en su mente el olor mixturado de aromas percibidos en un día soleado estando recostado en el regazo de la bonita mulata. Compartían un asiento doble de un autobús de línea, volviendo de la playa de Varadero. En este segundo viaje a La Habana decidió explorar la isla en busca de parajes irrepetibles. Si en el primero la motivación había sido conocer la fantástica miscelánea coralina de la costa sumergida —practicando el buceo, su loca pasión—, en este otro viaje, la atención se había desplazado a la playa seca. No le había pasado desapercibido en aquella ocasión el avistamiento de algunos cuerpos esculturales, como barnizados, de jóvenes mulatas o negras, que acompañaban a hombres, probablemente viajeros transeúntes o turistas, como él; y como él, buscones de amor fácil y caliente.

-----000-----

La había tomado en sus brazos para izarla al barco, cuando ella abrió los ojos, y enseñando sus dientes nacarados dibujó una abierta sonrisa que derivó en un —Hola, ¿quién tú eres?— que le dejó embobado. Demasiado bien sabía ella quien era el buceador español que había vuelto por segunda vez en un año —la otra en mayo— al hotel Sol y Mar. Y, además, no había permitido que su amiga Tatiana le tomara la delantera.

— Tengo agua mineral en la cantimplora, te vendría bien un trago —dijo Armando—. Te ayudará a pasar el susto.

— Gracias...--contestó ella dejando patente la necesidad de conocer a su identidad--.

— Armando . Me llamo Armando Seseña. Me lancé a por ti al ver que te estabas hundiendo inerte ¿qué te pasó?

— No sé, estaba nadando, llevaba largo tiempo, no sé... De repente me quedé sin fuerzas...

— ¡Gracias a Dios, pasábamos por aquí disfrutando del arrecife! ¿Sabes? No es la primera vez que rescato a alguien.

— ¡Ah, tú eres socorrista!

— No, soy monitor de actividades subacuáticas y escafandrismo; a tu disposición para lo que quieras.

— Gracias "mi amol", te debo la vida ¿Qué tú quieres que yo haga?

— ¿Te parece poco vivir? −contestó Armando−. Después, las carcajadas, los comentarios pueriles, las aproximaciones mutuas... Puro embeleso. Armando respirando aromas almizclados, excitantes, sintiendo turgencias contra su piel, excitado. Dulce María, atónita con las nuevas palabras de nuevo acento que endulzaban su mente a la vez que su vulva latía humedecida al sentir la caricia de una suave presión de su miembro. El cazador había sido cazado. A partir de ese momento, Armando comenzó a vivir una fascinante aventura amorosa. La rueda del amor echó a girar de inmediato con ellos enganchados en sus radios. Y en el idílico marco de la mítica isla, tumbados en la cálida arena de la playa, Dulce María y Armando se fundieron en una interminable sinfonía sensual.

-----000-----

Cuando se despertó estaba bañado en sudor. ­¡Vaya! ¿Qué hora es? —se preguntó Armando rebuscando su reloj en la maraña de objetos dejados sobre la mesilla de noche— ¿Dónde coño?...

Al fin, vio asomar el borde de la correa bajo las páginas abiertas de una Guía del Ocio. Eran las cinco de la mañana. El jet-lag del viaje de vuelta a Madrid le afectó de nuevo. La oscuridad y el desvelo le comenzaron a impacientar. Estaba todavía agitado por un sueño inquietante que no podía recordar. O quizá, y sin quizá, se trataba de que estaba atisbando la solución. ¡Eso es! –se dice– tengo que llamar a Conchita para que me localice a Loreto, ella tiene la misma talla y complexión que Dulce y como no hace mucho que se ha casado, seguro que sabe. Lo que tenía muy claro Armando es que la próxima vez que volviera a La Habana, lo haría para casarse con la nieta de don Lisandro. Y lo haría como Dios manda. Y como al abuelo le gustaría.

Cuando levantó el día lo suficiente llamó a su hermana y le pidió el teléfono de su ex novia Loreto. A medio día la localizó.

— Me caso Loreto. --le dijo Armando de sopetón--.

— Hola medio loco ¿Estás seguro?

— Debo casarme.

— ¿Algún penalty?

— Nada que ver. Es que he conocido a un hombre al que no puedo defraudar.

-- ¡Armaaannndoo! No me tomes el pelo ¿Tú por la otra aceraaaa? ¡Bueenoo!

-- ¡Pero, ...qué coño dices! Anda, nos vemos en California esta tarde, a las ocho, y te explico. Abur, guapaaaaa...

— Vale, tarado --cerró su móvil Loreto enarcando las cejas en un intento de adivinar en que extraña historia se había metido su amigo--.


Dos días después, un sábado por la mañana, pasó a recogerla a la puerta de su casa y se fueron directamente a la conocida sastrería Cornejo. Loreto estaba encantada de ayudar a su ex, y fascinada por su osadía y decisión. Le costaba creer que tras trece años de
noviazgo, aunque hubieran empezado casi de niños, Armando nunca hubiera visto la ocasión propicia para pedirle matrimonio y —¡fíjate tú!— diez años después, fuera capaz de tan adorable locura. Adorable, eso sí, porque Armando era tan adorable como impredecible y voluble. Pasaron la mañana en el local y Loreto se probó no menos de treinta vestidos. De raso, de seda, de organza, con tul, sin escote, de manga larga, de cuello cerrado, con bordados, sin pedrería y con ella... No pararon hasta que Armando encontró lo que buscaba. Algo digno para la ocasión, pero asimilable para la estética popular afrocubana; espectacular y formal, o sea, kitsch.

Una demanda demasiado difícil, incluso para Cornejo. Tuvieron que recurrir a la sección de disfraces. Los trajes de novia resultaban muy de boda española. Finalmente se decidieron por un vestido de época que podría corresponder a una dama de compañía de una cortesana madrileña de principios del XIX. En seda salvaje, de un tenue color rosa y con corpiño entallado para subrayar las exuberancias delanteras que, incluso a Loreto, menos dotada, le hacían parecer un pibón. Sin embargo, un toque de ingenuidad aportado por la cenefa que coronaba el escote, a base de una hilera de rosas de pitiminí primorosamente bordadas, equilibraba un atuendo demasiado provocativo para una ceremonia nupcial. Alquiló el traje por dos semanas, esperando devolverlo a su regreso de Cuba, tras la boda.


Conseguido el traje de novia --o, más bien, su conveniente remedo--, Armando dispuso sus baterías a la conquista de un nuevo objetivo, encontrar un regalo adecuado para la hermana menor de Alma María, Lissete. Por su candorosa pubertad le recordaba a su propia hermana y todos aquellos secretos, anhelos y frustraciones que compartieron esporádicamente en la intimidad del cuarto de estar, a hurtadillas de los padres. “¡Ya está!” —pensó complacido, recordando uno de los regalos que en esa época más ilusión hicieron a Conchita— ¡Un gran peluche! ¡Eso es!... Y se lanzó de nuevo a la calle, sin rumbo determinado, a la búsqueda de un muñeco digno de la hermanita de su novia.

-----000-----

La locura del regreso de Armando a Cuba vio su máxima expresión en la llegada al aeropuerto internacional José Martí de La Habana. Armando --que había aprovechado una oferta de Viajes Halcón de siete días, seis noches, en hotel de lujo en La Habana--, salió del despacho de equipajes y se puso en la cola de la aduana donde, sin pretenderlo, se montaría el espectáculo que dejó boquiabiertos tanto a los que estaban como a los que llegaban. Con su cuerpo delgado embutido en ropa ajustada; una mochila a la espalda con mas volumen que su propio cuerpo; un enorme osito de peluche de casi un metro de alto bajo su brazo izquierdo y, agarrada con su mano derecha, una gran caja de cartón marrón atada con cuerdas en cruz que lucía una gran etiqueta adhesiva con la inscripción : “Sastrería Cornejo, Madrid”. Ni los más viejos del lugar recordaban un visitante tan extravagante.

Al día siguiente, Armando acudió al Consulado de España a recoger los papeles que le permitirían el matrimonio con Dulce María, y con ellos, el salvoconducto para que la joven cubana se liberase del encerramiento en su país pudiendo disfrutar de la residencia en España, como consorte de Armando. Pero los papeles no estaban. Armando había estado casado anteriormente en España y no había resuelto nunca las cuestiones documentales, pendientes cinco años después de trámites jurídicos.


Tres días más tarde, se celebró en la catedral, en “Habana Vieja”, una boda por todo lo alto. Por parte del novio sólo asistió el propio novio
y un padrino --a falta de madrina-- improvisado en el último momento, un español que trabajaba de relaciones públicas en un hotel Meliá de Varadero. Por parte de la novia más de cien personas, vestidas con sus mejores galas, la mayoría de la familia de la novia. Don Lisandro, el padrino, por su edad, su carisma y su gesto noble, daba al núcleo de contrayentes un toque de solemnidad que el júbilo familiar y juvenil de la mayoría de los invitados hubieran diluido. El vicario de la catedral, de origen asturiano, celebraba orgulloso uno de los insólitos acontecimientos sacramentales. Armando le había argüido complejas circunstancias que habían retrasado la presentación de los documentos canónicos preceptivos; a su pesar, problemas de última hora con la valija diplomática le habían privado de ellos, con la ceremonia civil y social ya en marcha.

Tras la ceremonia religiosa, los novios sentados en un Cadillac descapotable modelo del 53, pintado de color azul celeste, con los asientos en cuero color vino tinto y unos cromados que relucían como espejos, desfilaron por las calles de La Habana hacia el salón del ágape. Sentado por empeño de Armando entre los novios, en el centro del asiento trasero, don Lisandro sonreía y saludaba al vecindario que aplaudía y vitoreaba al paso del cortejo nupcial que desfilaba en automóviles como si de una parada conmemorativa se tratara. Comieron y bebieron hasta la madrugada. Fue una boda sonada en La Habana. También, el día más feliz de don Lisandro que asistía satisfecho a la boda de su nieta preferida con un español de pro. Lloró de emoción varias veces, preso de felicidad.

Al día siguiente, lo encontraron muerto, tumbado atravesado en su cama, todavía vestido con el traje de padrino de boda.

FIN







servido por cavilante 18 comentarios compártelo

3 Enero 2008

Hay más tiempo que vida (4)

...//...

Impaciente por conocer al acompañante, don Lisandro, con el ademán y el gesto impasibles, permaneció agarrado a los reposabrazos de
la mecedora, y abriendo súbitamente los ojos inició un recorrido escrutador
sobre la figura de Armando, de arriba abajo. Este, al notar la presión de esa
mirada, dio un pequeño respingo hacia atrás que le hizo perder ligeramente pie. En décimas de segundo, reaccionó sobreponiéndose al desconcierto.

Hola don Lisandro, soy Armando Seseña. Encantado de conocerle. Dulce María me ha hablado mucho de usted.

—¿Tú tienes buenas intenciones muchacho? --le dijo el viejo.

—Sí –contestó Armando, tan sorprendido por la pregunta que le había espetado el viejo como por su propia respuesta.

Por un instante, esa fascinante mirada le había desconcertado y a punto estuvo de hacer el ridículo contestando con alguna simpleza, con alguna gracia verbal de la retahíla frívola y superficial de su jerga como: ¡Mazo guays tron! o ¡Dabuten mulaten! en la que solía desenvolverse con sus colegas madrileños.

Pero dijo sí, le salió un contundente sí porque quería aceptar el reto y estar a la altura de las circunstancias, dejando de vivir del cuento con el que tanto tiempo había toreado a su familia, sobre todo a su madre. El carisma del viejo le había seducido generando en Armando un inexplicable sentido de lealtad hacia él. Luego, se sentaron a los pies de don Lisandro e iniciaron una conversación a tres bandas, en la que Dulce reclamaba a su abuelo que les relatara o describiera situaciones y circunstancias de su historia personal, de sobra conocidas por ella de tantas veces que las había escuchado. Quería que el abuelo exhibiera sus dotes. Amor venerador de nieta. Armando asentía o se limitaba a repreguntar sobre matices o detalles. A veces, el abuelo pedía confirmación a Armando sobre costumbres españolas que creía conocer, o sobre curiosidades que siempre había tenido sobre la madre patria. Al cabo del rato, Dulce se levantaba y entraba en la casa para traerles un vaso de limonada. Durante aquellas tardes hasta la caída del sol, se ponía de manifiesto la sabiduría del viejo y el cariño por su nieta mayor, aunque en el fondo de su alma, Lisandro temía que el muchacho fuera un desaprensivo turista sexual.

—Dígame don Lisandro ¿Cuánto tiempo estuvo en prisión? ¿Qué huella le dejó? –preguntaba Armando escudriñando su personalidad–.

—Mirá m’hijito, en los siete años que estuve encerrado por la dictadura títere,
aprendí a valorar dos cosas: el tiempo y la libertad. Tal vez no signifiquen tanto para ti, pero a mí me han marcado la vida. Respecto al tiempo, descubrí
su trascendencia por encima de todo: las cosas que hoy son, mañana pierden vigor; las que parecían imposibles, acaban siendo reales. Aquel encierro... Me parecía que consumía mi vida entera; y ahora... Mirá, lo siento más corto que esto –dijo chascando el pulgar con el índice–, ni entre un tic y un tac de ese reloj de pared. De una cosa estoy seguro: es imposible agotar al tiempo, porque nosotros nos extinguimos antes que él ¡Hay más tiempo que vida!

—Don Lisandro –se anticipa Armando a la anunciada reflexión– ¿no pensará ponderarme la libertad en este país?

—Galleguito, galleguito... ¡Claro que puedo hacerlo! ¿O me puede aleccionar de libertad un joven nacido en plena dictadura fascista? A veces los empachos de democracia producen indigestión ¿Tú sabes por qué el mejor regalo que te puede hacer la vida es la Libertad?... Porque de ella tú puedes salir cuando tú quieras. La libertad política o la libertad de expresión son facetas de ejercerla, pero aunque no las tengas no dejas de ser libre. ¿Tú sabes qué me ofreció a mi la cárcel? Pues ya te lo digo yo, la cárcel me dio la oportunidad de pensar.

— Entonces abuelito –dijo Dulce María– ¿sufriste mucho al estar encerrado?

— Yo nunca perdí mi libertad –contestó don Lisandro agitando el dedo índice de su mano derecha en gesto de negación y continuó diciendo--. Miren jovencitos, tenía cuatro compañeros de celda a los que había dado la consigna siguiente: “Compañero, si alguna vez tú me encuentras dormido durante el día, no me despiertes, no vaya a ser que esté soñando que soy libre y la freguemos”.

Armando, fascinado por los comentarios del viejo y seducido por su gramática parda, no remitía en interés por conocer cada rincón de su imaginario. Por fin la pregunta clave.

¿Qué espera de la vida, don Lisandro?

— Tiempo m’hijo, tiempo. Le pido tiempo a la vida para llegar a ver a mi Dulce María casada con un buen hombre. Simplemente, vivir para ver ese momento. Verla bien casada.

(Continuará)

servido por cavilante 13 comentarios compártelo

24 Diciembre 2007

Ese penetrante olor a pólvora.

Por la tarde, mientras las mujeres se afanan en las cocinas preparando todas las viandas que van a componer el esmerado menú de la cena de Navidad, lo hombres, padres, hijos, y todos los familiares varones de la casa, se van al centro de la ciudad a comprar petardos de pólvora. Es la costumbre.

El tiempo se pasa entre puesto y puesto, aguantando con la ilusión de los adultos la excitación que la gente joven despliega seleccionando entre el surtido de artificios pirotécnicos. Se buscan las mejores tracas, morteros, palmeras, silbantes, granadas, ametralladores, bombas de colores diversos, en un sinfín de variedades que se van acumulando en bolsas para la ceremonia de la pólvora.

La cena de Navidad es, como todas las cenas de Navidad del mundo cristiano, un agasajo, una celebración, un derroche de viandas y de alegría en la mesa. Y para los muchachos jóvenes --en las chicas no estaría bien vista esa tendencia, por masculina-- la cena es una ceremonia familiar cuyo valor principal consiste en ser el trámite previo al "despelote", como dicen allá.

Terminada la cena de Navidad, los "varonsitos", salen a la calle, y van colocando sus arsenales de pólvora en las aceras o en la calle, en las terrazas, en los zaguanes, en los jardines, preparándose para la hora de encenderlos; las 12 de la noche. Cada uno, a sus 12 horas, según su reloj. Y a las 12 de cada reloj, se enciende la primera mecha de la decena o más que cada quien tiene preparada para festejar la Nochebuena.

Lo que sucede es espectacular. la primera vez que lo sentí, no podía dar crédito de lo que estaba sucediendo. Acabábamos de cenar un grupo de españoles reunidos en mi casa al calor de la amistad navideña y al calor que la situación de emigrante temporal pone en cada compatriota expatriado. Un par de minutos antes de las doce de la noche (por mi reloj, por el de otros ya eran las doce) se empezaron a escuchar detonaciones, como disparos sueltos, cada vez mas numerosos y cada véz más intensos. Al cabo de un minuto el estruendo era ensordecedor, como si la tierra se abriera y el volcán que dominaba la ciudad hubiera sacado de sus entrañas el rugido geológico más intenso que los hombres hubieran podido imaginar. Nos asomamos nerviosos y expectantes a la calle. La ciudad era un puro fulgor, acompasado de una "atronadera" tal como si una tormenta furiosa estuviera descargando decenas de truenos simultáneos.

Una nube de humo gris blanquecino y numerosos destellos iluminados con colores varios coronaban la ciudad. Después, ese penetrante olor a pólvora quemada.

servido por cavilante 20 comentarios compártelo

6 Diciembre 2007

Hay más tiempo que vida (3)

.../...

Impaciente por llegar a casa, después de pasar el control de pasaportes y la aduana, Armando, tras despedirse de su reciente amiga Patricia y anotar deprisa su teléfono, toma el bus a Colón. Desde ahí coge el metro a Tetuán donde sufre un ligero ataque de ansiedad. Viene de Cuba con una obsesión. Una obsesión fruto de una promesa, la primera promesa que no iba a defraudar en su vida. Su cabeza está rumiando la forma de conseguir un vestido de novia para Dulce María. Durante el trayecto piensa en lugares donde buscar vestidos de ocasión, porque no cree que pueda asumir con sus limitados recursos una boda en La Habana con todos sus ingredientes, incluido un vestido de boda para la novia. Su novia. Y decide que al llegar a casa, se pondrá a localizar algo en las páginas amarillas, o en EBay, o en las publicaciones del Segunda Mano. Su prioridad urgente es encontrar un traje para su novia.

Para este experto buceador deportivo, por cuyas venas ha pasado tanto oxígeno como alcohol por su hígado, bateado por más de dos océanos, tres mares, cuatro lagos y siete pantanos navegables, donde ha practicado un submarinismo anodino, ha llegado la hora de hacer algo memorable. Precedido de un pasado sin argumento y ajeno a él mismo, con el que decidió romper tras una sucesión de decisiones personales que le habían labrado su propio mundo, el creado y creído por él, Armando se encuentra en el periodo vital de la cuarentena comenzando a perfilar su propio imaginario en el que Don Lisandro irrumpe como una bola de fuego. Arrasando sus afectos, haciéndole revisar su actitud ante muchas cosas. La Habana ha despertado su generosidad y su sentido del compromiso ¿Quién hubiera imaginado a Armando hace veinte años?


Al acabar su bachiller, coincidiendo con el célebre “mayo francés”, su padre —un desdibujado coronel de aviación de la más pura escuela franquista— irrumpió en su habitación y, tras arrancar tranquila pero decididamente el póster del Che Guevara, le regaló una pluma Parker de plata comentando: “Armando no te permito que cuelgues estos ídolos en mi casa. Los comunistas de los cojones que se queden en su isla. Cuba es la cuna y la cama del comunismo hispanoparlante, pero acabará siendo también su tumba. Toma, una buena pluma es la mejor herramienta de un probo funcionario que es lo que tú vas a ser. El Próximo mes hay unas oposiciones para entrar en la Caja Postal de Ahorros. Prepárate, preséntate y aprueba. La pluma te dará suerte, se la encargué a tu tía que la comprara en Lourdes”.

Cuando Dulce, al segundo día de conocerse en Varadero, le dijo a Armando: “Mi amor, tú tienes que conocer al abuelo...”, se lo estaba proponiendo con todo su corazón, se lo ofrecía como un regalo de gratitud. Dulce María estaba contenta de estar a su lado, de compartir su conversación, su obsequioso trato... y su cuerpo; y le apetecía obsequiarle, compensarle con algo. El que da lo que tiene no está obligado a más. Armando comprendió que Dulce le estaba ofreciendo lo máximo. Pero nunca llegó a imaginar lo que esa inocente y gratificadora propuesta inquietaría su espíritu.

Cuando llegaron a casa del abuelo, Don Lisandro estaba sentado en la mecedora colonial en el porche. Sus brazos sobre el reposabrazos y sus manos colgando sueltas de la muñeca permitiendo el movimiento a los dedos que, casi imperceptiblemente, tamborileaban en la madera como tatareando algún sonsonete. La guayabera abierta en el cuello dejaba ver la camiseta blanca que envolvía su torso enjuto.

Dulce María, tirando sutilmente del brazo de Armando que le seguía remolón, subió los tres escalones de madera que accedían al porche. El viejo, apercibido por un sexto sentido que le anunciaba la aproximación de su nieta preferida, dejó de mover los dedos y, aún con los ojos cerrados, esbozó una franca sonrisa. Antes de que ella pronunciara alguna palabra, dijo:

— ¿De dónde tú sales mi dulce princesa Dulce María?.
Acabamos de llegar de Habana Vieja.
— ¡Cómo! ¿Acabáis? ¿Con quién tú andas?

A pesar de mantener los ojos cerrados, el viejo había olfateado el olor de un agua de colonia masculina, ajena a sus registros familiares, que le puso en guardia. Armando no supo interpretar en la pregunta connotaciones de reproche. Estaba impresionado por la presencia majestuosa del viejo mulato, sentado serenamente en su mecedora, con su cabeza ovoide coronada por sus canas rapadas formando un casquete de escarcha blanca. El viejo irradiaba energía pacífica, venerable autoridad.

(Continuará)

Tags: cuento, habana

servido por cavilante 3 comentarios compártelo

27 Noviembre 2007

Hay más tiempo que vida (2)

Aunque distraído por estos pensamientos, Armando no puede sustraerse al proceso que se desarrolla en la cabina de pasajeros de su vuelo trasatlántico. Él es un atajo de nervios de por si, y el vuelo le hace estar más alerta. Su desazón, ese talante vigilante convertido en radar personal, le advierte del creciente murmujeo al inicio de tan peculiar alborada entre los asientos. Se va rompiendo la calma y la quietud inducidas unas horas antes. Las azafatas se movilizan por los pasillos y la penumbra cesante, invadida por las luces que se van encendiendo en distintas butacas, anuncia el fin de una corta noche artificial ligeramente perturbada por tenues signos de vitalidad. Durante horas, más de una centena de viajeros han cohabitado en un agobiante y mínimo espacio implicados en una sedentaria pero estresante actividad, volar a diez mil metros recostados en los asientos de un avión comercial.

Armando es curioso y le gusta analizar el comportamiento humano. Observa cómo este colectivo ocasional se convierte, entre los aeropuertos de salida y de llegada, en una recua impotente, sometida a una extraña liturgia oficiada por la tripulación de Iberia. Alineados en una milimétrica formación como para un desfile militar, constituyen una inerme cohorte de minusválidos sedentes. Analiza con displicencia, como si no le concerniera para nada, a los pasajeros encerrados entre la oscuridad y el silencio. Ve cómo administran a duras penas su espacio vital y concluye que todos acabarán obligados a refugiarse, poco menos que irremisiblemente, en sus laberintos mentales.

Por fin, el titileo de la tibia luz de neon que emerge envolviendo el techo de la cabina de pasajeros arropa las palabras de la —ya no tan joven— sobrecargo: “Buenos días señores pasajeros, deseamos que esta noche hayan descansado lo suficiente; a continuación les ofreceremos el desayuno...”. En el momento de elección de la bebida, Armando recupera la noción de la presencia, justo al lado, de una joven que no puede disimular su pereza mientras hace un esfuerzo por sonreír a la azafata al pedirle un vaso de agua. Intercambian bromas acerca de las rutinas de los aviones, de la estrechez de los asientos y del miedo a volar; detalles insignificantes una vez en tierra pero que, durante la travesía, son obsesivamente presentes. Muchas veces esas paranoias son el nexo con el desconocido que viaja a tu lado. Son la incidencia que une, de donde surgen buenas amistades, a veces.

Ha aguantado toda la noche ensimismado, sin dormir. Desde la amanecida artificial iluminada por las azafatas y tras la obligada visita al lavabo, Armando se centra en un reconfortante desayuno y se enfrasca en una precipitada y unilateral conversación con Patricia, la chica del asiento contiguo. No para de hablar, de explicarle todo el proceso de su viaje al Caribe, sus ganas de aventura, sus recuerdos del viaje anterior, su deseo de encontrar trabajo en algún puerto deportivo cubano. Le dice, orgulloso, que es submarinista, especialista en inmersiones profundas; le cuenta pormenores de las técnicas de inmersión.

Finalmente, no puede evitar evocar a Dulce María. Recuerda su primer encuentro tan nítidamente como aquél en que conoció a su abuelo, don Lisandro. Habla con Patricia, convertida en confidente accidental, como si se tratara de una hermana. Le describe esa inquietante impresión de flojera que sintió al ver a Dulce María por primera vez. Tan tersa, tan fresca, tan viva, tan floreciente… También le describe el encuentro con el abuelo y el impacto que le produjo su pose carismática llena de autenticidad y bondad, y su mirada —aunque acuosa por la edad— tan inquisitiva, y su verbo tan esencial y tan sabio, tan efectivo y apropiado, capaz de conquistar a un tipo como él, alocado, inconsistente, anárquico, disperso y desapegado.

La turbulenta llegada a Barajas no consigue truncar la locuacidaz de Armando, mientras Patricia, sonriente y fascinada, escucha.

(Continuará)

Tags: cuba, cuento

servido por cavilante 3 comentarios compártelo

26 Noviembre 2007

Hay más tiempo que vida (1)

Mientras se incorpora, se desemboza la suave manta escocesa y estira su aletargado esqueleto girando hacia atrás la cabeza. Comprueba que no hay cola esperando en el aseo y pulsa el botón que endereza su asiento. Su pelo desgreñado y su semblante abotargado dan para pensar que ha dormido como un lirón.

Sin embargo, el nerviosismo y la desazón le atenazan, por lo que deja en la isla. Incapaz de conciliar el sueño, ha pasado la noche en duermevela.

Aunque su cuerpo yacía reclinado en la butaca articulada, su mente no ha parado de ensoñar los mínimos detalles de los recientes acontecimientos. Armando no podía olvidar el perfume de los jazmines floridos, ni la suave humedad del porche de la casa de don Lisandro, en Pinar del Río. Tampoco podía dejar de pensar en él. El vuelo de regreso a España se ha convertido en el refugio de su memoria.

Necesitaba evocar la semblanza de don Lisandro. Y ha estado rebuscando con cierta ansiedad todos los datos almacenados durante la estancia en Cuba. Ha ido recreando, retazo a retazo, todas las viejas historias que, en distintos encuentros, le había contado don Lisandro.

Al recordar el impresionante relato de su encarcelamiento, siendo bastante joven aún, se sintió conmovido y herido por la rabia. Le ardía en sus adentros la atroz injusticia que supone desperdiciar la vida en un presidio, merecido solamente por la pura represión del régimen de Fulgencio Batista. Armando fue declarado convicto de traición a la patria por el único delito de mantener su integridad intelectual, por ser liberal y no doblegarse a los criterios educativos, restrictivos y alcanforados de un gobierno militar sumiso al son gringo.

Luego, liberado por El Comandante, Fidel Castro, tras su memorable entrada en la Habana en el naciente año de 1959, Lisandro Lezama Vitier, ya cumplidos los 38 años, celebró su excarcelación y la asumió como un deber vitalicio para con la revolución libertadora. Sin rechistar.

¡Qué personaje el viejo! Siete años ausente del hogar por estar preso, pero presente en alma y en esencia en la memoria de todos los suyos. Todos ellos, hijos, hijas, nietos, sobrinos, se mantuvieron durante todo el encarcelamiento comportándose como si el patriarca estuviera con ellos encabezando la familia, viviendo en su hogar. Una bella historia que Armando quería recopilar para que no quedara reservada en la memoria de la saga de los Lezama.

(Continuará)

Tags: relato, cuba

servido por cavilante 3 comentarios compártelo


Sobre mí

Avatar de cavilante

Espejo insondable

ver perfil »
contacto »
Soy un caminante que cavila mientras observo las maniobras de otros caminantes a través de mi espejo. Si la vida me sonríe, la miro con buen humor. Si la vida se ríe de mi, la veo con sarcasmo. A veces no la miro, me desapego, o me pongo romántico para lamer sus heridas. Admiro la inteligencia en cualquiera de sus expresiones y disfruto con la belleza y con cualquier atisbo de creatividad. La palabra es una herramienta de comunicación que me deleita cuando, usada con arte, es capaz de conmover mis sentimientos. No soy del Madrid, ni del Barça, ni del Betis; sólo milito contra la INTOLERANCIA, en cualquiera de sus formas, y contra la MANIPULACIÓN de la realidad hacia intereses egoístas. En mi podréis encontrar al amigo, jamás al enemigo, no me gusta perder el tiempo en futilidades. Y si no me encontráis, buscad en el espejo insondable............... anuncios clasificados españaanuncios clasificados brasilanuncios clasificados argentina
contador de visitas

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera